Seguidores... ¡Únete!

jueves, 29 de septiembre de 2011

Colombia, al borde de una nación


Para David Bushnell[1] Colombia es, por encima de muchas cosas, “una nación a pesar de sí misma”[2]. Esta aseveración, interesante desde todo punto de vista, es también cuestionable a la hora de entrar en detalles sobre ¿qué es nación? Sobre este asunto, sostiene Edgar Morín que “la nación es una sociedad en sus relaciones de interés, de competiciones, rivalidades, ambiciones, conflictos sociales y políticos. Pero es igualmente una comunidad identitaria, una comunidad de actitudes y una comunidad de reacciones frente al extranjero y sobre todo al enemigo”[3].
Siguiendo esta línea, la de Morín, cabe preguntarnos entonces: ¿se puede concebir la nación desprendida de las prácticas culturales de su sociedad? La respuesta a esta pregunta es compleja, tanto más si tenemos en cuenta que la nación es muchas veces asociada con Estado, país, o simplemente pueblo. Para no extendernos, diremos simplemente que no podemos concebir una nación sin unas raíces culturales comunes, pues, lejos de que un conjunto de leyes legitimen un territorio como Estado, la nación es el compartimiento de unas prácticas en concreto de determinado grupo, bajo determinado territorio.
Pese a lo que sostiene Bushnell, y partiendo de las dificultades que se han tenido a la hora de lograr (o acercarnos a) una cohesión social ¿Podemos darle el calificativo de nación a Colombia? Si tenemos en cuenta que; el reconocimiento cultural de una sociedad a otra, y viceversa, es el estado más álgido al que puede llegar la humanidad en cuanto logra identificar una serie de costumbres de sí misma y de otros pueblos; entonces debemos aislar al país por regiones y analizarlas separadamente. Colombia se forma aisladamente, por las condiciones territoriales, por las capacidades que cada región provee, por las identidades que cada grupo de personas (negros, indios, blancos, mestizos, criollos…) va forjando. No es de extrañar que aún hoy, dos siglos después de proclamado el territorio como un solo país, la situación se torne agreste, más por la renuncia a reconocer otras culturas, más por la falta de acercamiento entre unos y otros.
Dilucidar los procesos que llevan a que un grupo de personas se diferencie de otro es una tarea compleja, pues, solo podremos decir (de la mera observación) que comparten un espacio geográfico y unas condiciones de vida similares en cuanto su entorno lo permite. En este sentido, bajo la construcción cultural de los diferentes pueblos, causa curiosidad la forma en que unas culturas se erigen como referentes de otras. Esta problemática nos la detallada Todorov en su libro cruce de culturas y mestizaje cultural cuando, describiendo la situación de su propio país, muestra la forma en que la cultura de una región distinta a la propia se toma como ideal. Esta situación, en principio, puede ser enriquecedora en la medida en que una cultura observa otra, yendo más allá de sus posibilidades, rompiendo sus propios esquemas, retroalimentando sus propias bases costumbristas; así lo muestra Peter Burke en su obra Amsterdam y Venecia, partiendo del estudio de las élites del siglo XVII.  Sin embargo, la situación se torna crítica y preocupante cuando las prácticas culturales ajenas entran a suplantar las prácticas culturales propias.
En nuestro caso, es quizás una particularidad dentro de nuestros múltiples comportamientos el querer siempre imitar otras culturas, otras modas. No en vano dijo Jaime Garzón, alguna vez, que “en Colombia no hay colombianos” porque, desde su juiciosa observación “los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses y los pobres se creen mejicanos”[4]. El tono irónico y jocoso de esta crítica salta a la palestra y, aunque no debe tomarse en el sentido literal y estricto con el que se plantea, se debe entender que lo que quiso decir es que aún no adoptamos un estilo propio, o más bien, nos rehusamos a reconocerlo. Nos limitamos a imitar y adoptar las prácticas ajenas y, aunque reconocer lo ajeno es importante, mantener nuestra identidad frente a las ajenas es vital.
Reconocer al otro implica reconocerse a sí mismo y mantener una identidad, pues, cuando se desconoce lo demás, lo que puede llegar a ser diferente, no se puede hablar de identidad sino de unidad absoluta porque no existiría un referente para establecer comparaciones. La existencia de esos otros grupos heterogéneos implica tolerar las diferencias a modo de reconocer las relaciones identitarias ajenas y mantener las propias. La idea es establecer un intercambio cultural que estimule el sentido de pertenencia y conduzca a enriquecer la cultura propia, tolerando lo distinto. Sin embargo, es importante en este sentido tener presente hasta dónde un comportamiento hace parte de las condiciones culturales y hasta qué punto hace parte de la calidad humana[5], pues, lo que han dado en llamar la “cultura de la violencia” o la “cultura del narcotráfico”, en nuestro país, no ha de tomarse pasivamente ante el respeto por ciertas prácticas[6]. Así pues, la tolerancia y la humanidad han de ser las dos categorías a tener en cuenta a la hora de comparar sociedades distintas, relacionar comportamientos y condiciones; llegando al punto de complementarse o contraponerse, dependiendo de algunos parámetros, quizás cuestionables, que pueden dar lugar a una “cultura universal”[7].
En nuestro caso, sin embargo, pese a los grandes desconocimientos entre una región y otra, el país ha trazado ciertos paralelos tendientes a complementarse, aunque conserve una gran distancia aún. La música cobra importancia en este sentido, la cual, pese a matizar ciertas regiones, ha logrado expandirse, no sin antes transformarse. El vallenato es quizás el mejor ejemplo; oriundo del Caribe colombiano, inicialmente propio de las clases más populares y con poca acogida, ha logrado cautivar, no solo a otras clases sociales, sino también a otras culturas totalmente distintas. Adquiere relevancia este hecho en cuanto el descubrimiento  y reconocimiento  de la cultura popular en el entorno social de un pueblo logra develar y explorar “nuevos mundos”[8], llenando vacíos que, por falta de interacción, tienden a aislar a los miembros de grupos ya establecidos, logrando así aproximarse a una cohesión social y cultural. La importancia de reconocer lo ajeno cobra mayor preponderancia cuando, en una misma sociedad, sometida a las mismas reglas y compartiendo un mismo territorio, encontramos divergencias significativas en cuanto a prácticas culturales.
El caso nuestro, finalmente, sigue matizado mientras la pregunta siga en pie: ¿somos nación? Responder esta duda se limitará a diferenciar en qué aspectos sí y en qué aspectos no. Por ahora, somos un país de una gran diversidad, con múltiples prácticas culturales, diversas representaciones y multiplicidad de imaginarios que se pierden en ese infinito océano cultural, que busca una identidad por encima de todo, y que, pese a las diferencias y antilógicas, recoge ciertas relaciones expresas en algunas manifestaciones características de un colombiano.

Por: María Jimena Padilla Berrío


[1] Un historiador estadounidense que entregó su vida a estudiar los acontecimientos históricos de Colombia, porque, según su observación, este país ha permanecido en guerra toda su vida sin que se hayan producidos cambios sustanciales.
[2] Obra publicada originalmente en 1994 en la Universidad de California. Su título en inglés es: the making of modern Colombia. A nation in spite of itself.
[3] Disponible en línea: http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/927/92720205.pdf. . (s.f.). Recuperado el 28 de Abril de 2010.
[4] Garzón Forero, J. (1997). Cali: Corporación Universitaria Autónoma de Occidente.

[5] Sobre este asunto, en nuestro medio, se evidencian choques culturales que pueden tornarse intolerables. Los casos más notorios y recurrentes que tenemos son la confrontación de las prácticas de ciertas comunidades indígenas, las cuales, lejos de ser ignoradas totalmente por la sociedad en su conjunto, son cuestionables desde todo punto de vista. A este respecto, el tratamiento que se le da a los casos de abuso sexual de menores en una comunidad indígena del Cauca (situación que se vuelve cada vez más recurrente) por parte de las autoridades es discutible, pues, no se trata de vulnerar las prácticas de una comunidad, ni interferir en su autonomía, se trata de la dignidad humana, pues, atribuirle el carácter meramente cultural a prácticas que desdibujan la condición humana puede acarrear severas discusiones.
[6] Hay que ver en lo que se ha convertido la violencia en nuestro país. Podemos partir de las confesiones de los protagonistas de los grupos violentos en nuestro país para concluir el grado de sofisticación y refinamiento al que han llegado en cuanto a descuartizar, matar y desaparecer personas se refiere.
[7] Tal vez ese ideario de cultura universal se relacione de alguna manera con los llamados “Derechos Humanos Universales”, los cuales propenden por unas condiciones  mínimas de dignidad humana. Fuera de esos “mínimos” se puede entrar a comparar culturas, establecer relaciones y darle cabida a la posibilidad de compenetrarse.
[8] Sobre este asunto nos habla Peter Burke con detalle en su obra historia de la cultura popular en la Europa moderna.

viernes, 6 de mayo de 2011

¡Colombia es Pasión!

Hablar de un “nuevo escándalo” en nuestro país es un poco extraño, suena extraño. El simple hecho de ser colombianos nos obliga a asumir como “normales” cada una de las noticias que circulan a diario, noticias que en otro lugar son terribles, pero en Colombia, en el país donde todo es posible, además de que no son terribles, hacen parte de su cotidianidad. No lo pudo decir mejor Darío Arizmendi cuando se refirió a los acontecimientos del País y a la reacción que ellos representaban: “Todo lo que pasa en Colombia es grave, pero nada es serio”. Y si hablamos de otros temas, no por ello ajenos al fenómeno de nuestra capacidad de asumir todo como cotidiano, tenemos la poderosísima capacidad de ser redundantes. Si hablamos de corrupción gubernamental, por ejemplo, estamos frente a una gigantesca perogrullada, una tautología inoficiosa e innecesaria. Es como hablar de la historia guerrerista de nuestro país, ¡Vaya qué redundante! Solo tenemos que decir historia, o simplemente guerra, ¡Las dos juntas no! Sería hacer un mal uso del lenguaje.
Levantarse cada día y encontrar nuevos acontecimientos, eso sí que es estar en el Edén, díganme si eso no es vivir en el paraíso. Si no tuviésemos cosas nuevas constantemente este país sería aburrido y la rutina nos consumiría vivos; no podemos permitir que eso suceda, es más divertido encender el computador y leer las bunas nuevas que sentarse a contemplar el firmamento sin tener historias asombrosas que, de no ser porque nos toca padecerlas, creeríamos sin dudarlo que son sacadas de un libro de ciencia ficción. Y es que si los colombianos nos diéramos a la tarea de sentarnos a escribir nuestro diario vivir Suecia no tendría otra alternativa que otorgarnos vitaliciamente el Premio Nobel de Literatura, o por lo menos dejarnos fuera de concurso, vedarnos. En últimas, nuestro único Premio Nobel, que a propósito es de literatura, no hizo otra cosa que plasmar nuestras realidades, nuestra historia. Cien Años de Soledad es más un manual de nuestra historia que una novela, a juzgar por su objetividad en el relato de la masacre de las bananeras.
Los medios de comunicación de nuestro país no tienen de qué preocuparse, no tienen que salir como locos a escudriñar, a ver qué noticia encuentran por ahí, basta con estirar la mano al saco infinito de acontecimientos y pueden perfectamente tener para transmitir las “noticias” de este año y el próximo. Con uno solo de los mil escándalos basta y sobra. No necesitábamos un AIS, ya teníamos los falsos positivos, teníamos una clase política emparentada con el paramilitarismo, teníamos dos o tres narcotraficantes dando órdenes. No necesitábamos un escándalo de la magnitud de el del DAS, con la “Yidispolítica” teníamos suficiente. Pudimos evitarnos la vergüenza de los Nule, ya era suficiente con el cuento de las pirámides y la carta de felicitaciones de Uribe a “Don” David Murcia. Pero no, a nosotros nunca nos basta, pues, ante la pérdida de asombro que caracteriza al colombiano, necesitamos renovar constantemente los sucesos para ver si de cada 100 escándalos uno nos impresiona.
A mí particularmente ya no me sobresalta nada, lo único que me asusta es mi superficial mansedumbre a asumir todo como normal. Si veo una noticia de un atentado y hay 50 muertos me parece tan natural y poco importante, pues, ¡50 muertos no son nada! Y hay que ver con cuanto entusiasmo leo un libro de narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo; no arrugo las cejas ante barbaries, ni me asombro, es como si leyera una novela cualquiera que yo sé que es inventada. Ni siquiera me asombró leer una frase de uno de los Orejuela, que trae a colación Camilo Chaparro en su libro Historia del Cartel de Cali, donde deja en claro que nada de lo que nos han dicho es lo que ha sucedido: “Si yo hablara, la historia de los últimos treinta años de Colombia tendría que volverse a escribir”. A mí ya no me preocupa lo que pasa, me preocupa mi actitud ante lo que pasa, y eso es más deprimente. Soy víctima de la cotidianidad y del flagelo de la crueldad en que vive mi País.
Pero ya mi inmutabilidad no me aqueja tanto como la idea de tener que transmitirle mi frialdad a mi descendencia, pues, ante cada escándalo siempre me digo: ¡Uno más! ¿Qué les diré a mis hijos cuando escudriñemos la historia de este País? Yo por mi parte les tengo guardados muchos libros de los aconteceres colombianos y les diré, a secas, que se tratan de novelas, de historias inventadas, pues, que un asesino como Castaño se sienta orgulloso, en el libro “Mi Confesión”, de los miles de homicidios que cometió, no creo que les dé una imaginación sana y prodigiosa a mis hijos. Les contaré las historias de los falsos positivos disfrazándolas de marcianos que venían de otro mundo a querer acabar con nuestra especie; les diré que el cuento de AIS fue una versión vulgar de la historia de Robin Hood, que la historia del DAS era un guión de ladrones y policías que al final resultó ser otra versión defectuosa de “Terminator”. Para cada caso les tengo una historia, por eso, vivo pendiente a ver qué acontece para relacionar unas con otras y hacer de todas ellas una ficción, pues, mis hijos no me creerán que todo esto sucedió en verdad. Los dejaré creer que Colombia es Pasión, pues, para qué angustiarlos con cosas que no pueden solucionar. Y no me angustia la idea de que desconozcan la historia, pues, no la ignorarán, simplemente la sabrán de otra forma; les contaré estos relatos y les recalcaré que tienen moraleja de fondo. Aunque pensándolo bien… ¿Qué acaso no los tengo que enviar al colegio? ¡Me asusta que allá se enteren de lo que a mí me hubiese gustado no enterarme!

lunes, 4 de abril de 2011

Educación Vs. Desarrollo ¿Podemos hablar de lo uno sin lo otro?: Un discurso más en defensa de la universidad.

Luchar por una universidad pública, abierta, libre, plural, diversa, etc., es una bonita causa, ¿Quién se opone a ella? ¡Nadie, por supuesto! Eso podríamos creer en principio. Sin embargo, que estos entes sobrevivan en pleno Siglo XXI en un país como el nuestro es ya un milagro. El proceso de privatización de la educación viene desplegando sus tentáculos hace ya un número importante de años, y lo que se ha logrado al respecto es bastante. Se han librado infinidades de batallas entre quienes defienden su carácter público y quienes se inclinan por su peyorativo camino de la privatización, y adivinen quiénes van ganando la partida. Que una Universidad pública de la talla de la Universidad de Antioquia; la segunda mejor del país después de la Universidad Nacional de Colombia, con un puntaje de acreditación de calidad de 9 sobre 10; tenga que aportar con recursos propios el 46% del total de su financiación deja mucho qué decir. ¿Qué no era una Universidad Pública? A mí me late que con un 4% más de autofinanciación terminaría siendo universidad privada, si es que ya no la podemos considerar casi como tal. Mis detractores dirán que soy alarmista, paranoica y exagerada; el tiempo, en cambio, me dará la razón. Aunque les confieso que guardo las profundas esperanzas de que todo esto se revierta y que el tiempo no me dé la razón jamás.
La universidad pública es una extensión de la sociedad y por ello debe involucrarse con ella para buscar soluciones verdaderas y concretas a los problemas que bullen al compás de las realidades. Las dificultades que atraviesa la Universidad de Antioquia en estos momentos no son otra cosa que el reflejo de esa misma sociedad de la que hace parte. El comercio de estupefacientes (una de las tantas problemáticas que se exteriorizan) no se creó al interior de la Universidad de Antioquia y el hecho de que se presente no quiere decir que no sea importante, sin embargo, la campaña de desprestigio que se ha hecho en torno a esto deja mucho que pensar: Da la impresión como si desde el interior de esta institución se estuviesen pervirtiendo el resto de estamentos que conforman esa familia llamada sociedad. Pero no nos digamos mentiras, en un país donde una porción importante de su Congreso, de su Gobierno y demás entes estatales, están involucrados en situaciones ilícitas y escándalos de corrupción, lo menos que se puede esperar es que se presenten estas lamentables situaciones. ¿Si los padres no dan buen ejemplo qué podemos esperar de los hijos?
En torno a ese juego macabro en el que la universidad pública busca sobrevivir y el esteticismo Estatal trata de aparentar, se han aplicado infinidades de políticas encaminadas a asumir el control. El fracaso de las medidas que se han implementado en torno a estas dificultades no se ha hecho esperar. La coacción de la fuerza pública y la represión son vías de hecho desesperadas que solo buscan generar una tensa calma: Aparentar resultados satisfactorios con disposiciones triviales. ¿La solución? Yo qué sé. Es probable que el tipo de políticas que se necesiten para salir de la crisis ameriten grandes retos y ¿Por qué no? Un replanteamiento total y profundo de la actual visión del mundo. Quizás darle mayor preponderancia a la educación como esencia, a la sociedad como sistema y a la humanidad como conjunto sea una opción viable a la hora de entrar a resquebrajar las bases de las condiciones actuales. Educar es quizás la tarea más sencilla y económica, pues, una tiza cuesta muchísimo menos que una bala y los resultados, a futuro, siempre serán mejores por la vía de la enseñanza. Un pueblo educado crece, un pueblo en guerra se desvanece.
Esta sencilla realidad, en principio, es trivial. Pero nuestro mezquino país no logra comprenderla, para nuestro país la educación es un gasto, no una inversión; es un problema, no una solución. La situación se torna compleja e incómoda cuando nos encontramos frente a un país, por no llamarlo “Estado Fallido”, que tiene como objetivo el desarrollo. En este momento es cuando uno se pregunta, desde lo más profundo de su ser: ¿Desarrollo? Esta es la parte donde podríamos sentarnos, arrugar las cejas y mirar el firmamento, rascarnos la cabeza y, ¿Por qué no? ¡Angustiarnos! ¿Cómo va a alcanzar un país el desarrollo ignorando la educación? Ustedes perdonarán mi ignorancia pero es que no logro comprender cómo diablos un país avanza en la medida en que reprime su educación. Y si a esta preocupación le agregamos una frase de Simón Bolívar la confusión se acentúa mucho más: “Las Naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso que avanza su educación”. En este sentido, la educación debería ser considerada el pilar fundamental de la sociedad, en torno a ella deberían figurar temas como el crecimiento y el desarrollo, pues, es absurdo ajustar la realidad a los modelos; sería más fácil ajustar los modelos a la realidad. La tarea es grande y la misión apenas empieza, el camino es largo y los obstáculos son inmensos, eso sí.
Pero haciendo a un lado ya las utopías y, quizás, las quimeras; yo creo que se acerca la hora cero de la educación en Colombia, la hora en la cual ni la Universidad Nacional de Colombia, ni la Universidad de Antioquia podrán escapar. Me preocupa de sobremanera esta situación porque, aunque no lo crean, me preocupa mi país y me duele mi universidad, mi Alma Máter. ¿Qué es lo que perseguimos en este país entonces? ¡A mí que no me vuelvan a decir que Colombia es un país en vía de desarrollo! ¿Cuál vía de desarrollo? ¿A quién tratamos de engañar? Tiene más presentación admitir que somos un país subdesarrollado, con graves problemas internos a nivel social, problemas que tocan temas tan delicados como la violencia, la educación, la dignidad humana, entre muchos más. Creo que es hora de admitir nuestras dificultades, pues, en la medida que las ignoremos o tratemos de ocultarlas, jamás lograremos superarlas.

jueves, 17 de febrero de 2011

Donde la moral no existe el cinismo carece de límites


Está bien que este señor, el Presidente de Venezuela, de nuestro País “hermano”, Chávez, tiene unas tendencias extrañas, es un excéntrico por completo, desmedido para hablar, quizá demasiado imprudente a la hora de tomar decisiones. Es también, evidentemente, un personaje de izquierda, aunque muchas veces confunda la coherencia con el extremismo y termine por ser inconsecuente a la hora de hablar y actuar; no siempre se complementa el discurso con los hechos, es más, algunas veces las ambigüedades son gigantes. No estoy de acuerdo con el manejo del poder por tantos años, sin embargo, el que Hugo Chávez se perpetúe en el poder es problema de los venezolanos, y por muy hermanos que seamos, ese asunto es netamente de ellos. La cuestión que en realidad nos debe interesar, como colombianos es ¿Protege a las FARC? Según muchas “evidencias”, sí, según muchas irregularidades que se ven en los procesos, no; según la duda, quizás, simplemente quizás. Pero ¿Cuáles son esas evidencias? La verdad es que yo jamás tendré argumentos para decir qué tan ciertas son, tampoco los tendré para decir qué tan falsas son; el único argumento que me queda al respecto es una nimia pregunta: ¿Qué acaso todo el que discrepó con el reinado de Uribe I no era colaborador de las FARC? Esto sin ánimo de eximir a nadie de culpas y sin ánimo de imponérsela a otros pues nada soy para pretender tener la verdad y no tengo evidencias para rebatirla.
El Monarca que tuvo Colombia entre el 2002 y el 2010, Uribe I, promovió una política cuyo único objetivo era erradicar a “los bandidos de las FARC” y vaya que por poco los erradica, sólo faltó lanzar bombas atómicas, después de todo hubiera sido válido, todo con tal de erradicar esa mafia, esa peste, ese mal social, político y hasta ambiental, pues, por si no se habían dado cuenta, las FARC son el ÚNICO PROBLEMA POR EXCELENCIA que azota a Colombia, un país de nadie. Su discurso de reconciliación fue tan efectivo que terminamos peleados con todo el vecindario, de repente éramos el niño “feo” del recreo con el que nadie se quiere juntar, al que nadie le quería hablar. Su Gobierno, evidentemente, fue intachable: Los colombianos pudimos volver a andar por las carreteras, pero eso sí, mucho cuidado a la hora de andar en la ciudad; nuestros periodistas y sindicales tuvieron todas las garantías, simplemente eran espiados y perseguidos; nuestro mayor orgullo era el Ejército Nacional, ellos solamente matan campesinos, violan niños y masacran animales. Muchas otras cosas cambiaron para bien, en el mismo sentido que lo hicieron las que acabo de mencionar. Y ni hablar de la economía, de la inflación, de la institucionalidad, eso ya no es problema en un país como el nuestro, no vale la pena mencionarlo.
Los ministros y funcionarios públicos que pasaron por su Gobierno son personas respetables, iguales a él, son gente de bien y trabajan en pro de un mejor País, eso no se duda; algunos en su desespero por un mejor País firmaron acuerdos como “el pacto de Birmania”, mejor conocido como “el pacto de Ralito”, para cambiar el País ¡Y vaya que lo cambiaron! Otros se dedicaron a exterminar cualquier vestigio de los “bandidos” y “terroristas” de las FARC que “tanto daño le hacen al País”, cabe aclarar que el 99.99% de los campesinos de Colombia son miembros de las FARC porque casi los acaban. Y ni hablar de aquellos que se vuelven la sombra de su jefe, aquél príncipe que planea heredar el Trono pero termina desplazado por un hijo “bastardo” de su papi con el que no contaba. Ah, ése fue el que más trabajó para el desarrollo del País. Por fin alguien que se dignó a hacer la quimérica Reforma Agraria, es que “Uribito” fue el mejor, él era el elegido, si hubiese heredado el Trono se hubiera convertido en Uribe II. Pero como nuestro mediocre País no gusta de campesinos le cobraron la ayuda que éste les brindó en su paso por la caverna agraria.
Andrés Felipe Arias, Uribito, “El Pincher”, de cariño “Mini mí” salió a darse golpes de pecho defendiendo, con un discurso bastante desgastado, la dignidad de un País que en toda su historia aún no sabe qué es tal cosa, qué es la dignidad. Quién lo ve con su corbata, su peinado de político barato y su traje de “dotor” lanzando diatribas contra todo lo que se atraviese, hablando de desquiciado, tirano y dictador; hablando de paz, de la penalización de las drogas y esas cosas de las que él mismo no tiene ni idea. Cuánta infamia y desvergüenza posee este señor, cuanto cinismo junto envuelto en tan inofensiva mirada, ¿Dónde fabricarán la vergüenza para donarle un poco a este señor? Es que refugiar a las FARC definitivamente es más vergonzoso que robarse, de frente, el erario público, es más abyecto que quitarle a los campesinos y al campo las oportunidades, es, de lejos, más degradante que hacerle modestas donaciones a los más pudientes, pues no es suficiente robarse el erario y quitarle a los desvalidos.
Señor Arias, me surge una inquietud, a propósito de su comentario: ¿Qué pasa si somos los nuevos mejores amiguitos de Venezuela? ¿Le incomoda mucho que mantengamos una relación amistosa, cordial, así sea de fachada? Me imagino que prefiere ver a su País enfrentando una estúpida guerra donde al pueblo, sin convocar a guerra, es al que le toca acudir. El pueblo es el que tiene que salir a poner el pecho por los caprichos de sus gobernantes. Supongo que estamos mejor protagonizando una costosa y sanguinaria guerra, la cual casi se logra gracias a nuestro antiguo Monarca, y de haber sido el sucesor me imagino que ya estaríamos en Guerra, comprando costosísimos Tanques y armas.
No siendo más, algo para recordar ya que a la humanidad parecer habérsele olvidado:
Dignidad: Según la RAE, Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Cargo o empleo HONORÍFICO y de autoridad.
Vergüenza: Según la RAE, Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ingrid Betancourt: La historia de una decepción.

En una entrevista concedida por Ingrid Betancourt al Diario Argentino “La Nación”, el 11 de Noviembre de 2010, mientras promociona su libro en  ese país, dijo sobre Colombia: "Sinceramente, a mí me trataron como una criminal. Ni siquiera como a una criminal, porque a Pablo Escobar no lo trataron como a mí".
Recuerdo un 7 de Diciembre del 2007. Se inauguraron los alumbrados navideños en la ciudad de Medellín. La apertura iba atada al desfile de “Mitos y Leyendas” en la avenida “La Playa”. Yo estaba exactamente ubicada en toda la “Oriental” con “La Playa”, acompañada de unos amigos, esperando que comenzara el desfile. La apertura se dio de una manera un poco inusual. No era propiamente un ambiente de fiesta, aunque lo que siguiera después sí. Recuerdo que el Alcalde de turno, Sergio Fajardo, desfiló por donde debería pasar la caravana; acompañado de pancartas gigantes y una foto, tamaño más que familiar, de Ingrid Betancourt. Hacía poco tiempo se había conocido una imagen de ella en un estado deprimente. La imagen había logrado conmover al país entero, al mundo también. La marcha duró lo suficiente como para que todos los que estábamos ahí reflexionáramos un poco sobre la situación de Ingrid.
Una mujer sentada, rodeada de su propia angustia, ultrajada por su propio dolor, con la mirada perdida y su dignidad atravesada por la tragedia del secuestro; esa era exactamente la imagen que le daba la vuelta al mundo, y era exactamente la imagen con la que se daba la apertura de los famosos alumbrados de Medellín. Logré conmoverme, me dolía aquella imagen cada que la veía. No era la primera vez que se posaba sobre mi vista por supuesto, ese había sido nuestro logo desde que salió a la luz pública. Y es que ya había transcurrido casi cinco años desde que Ingrid estaba en la selva. Y, para terminar de ajustar, las noticias solo hablaban de ella, como si no hubiese más secuestrados en el país. Pero bueno, digamos que esa propaganda hizo eco en el interior de las personas que rechazamos y repudiamos estas conductas. De cierta forma olvidamos a los demás secuestrados para guardarle la gloria a Ingrid Betancourt, una mujer que salió un 23 de febrero de 2002 hacia San Vicente del Caguán y no volvió hasta muchos años después.
Alrededor del secuestro de este personaje se han expuesto varias versiones; la teoría más fuerte dice que ella se entregó a las FARC; aunque no fue tan del todo así. Digamos que hubo una indisposición de parte de quienes debían garantizar su seguridad ese día, quizás por pulso de poderes o por simple sabotaje de su campaña hacia la Presidencia, quién sabe. Es cierto que a última hora cambiaron su plan de seguridad, y también es cierto que ante el inminente cambio ella quedó desprotegida. Sin embargo, ella pudo haber agachado la cabeza y como buena política salir a acusar ante los medios de comunicación este hecho. Pero no lo hizo, y eso fue admirable de su parte. En vez de eso tomó carretera y se dirigió al destino que había prometido llegar pues había empeñado su palabra y no podía faltar. Fue en este trayecto terrestre que un retén de las FARC interceptó a Ingrid y la secuestró. Pero pudo ser menos dramática la cosa, es cierto, si tal vez Ingrid hubiese medido más las consecuencias. Viéndolo ahora en retrospectiva se pueden sacar varias conclusiones: 1. Ella pensó que de verdad las FARC no le harían nada por ser ella; 2. Su orgullo no le daba para admitir que el plan ya no era viable o 3. Quería jugar con Andrés Pastrana a ver quién era más poderoso. En cualquiera de los casos, había palabra de por medio y se trataba, en el fondo, de dignidad. ¿La culpa? De ambas partes quizá. Del Gobierno por no brindarle la protección necesaria, y de ella por no admitir que era de verdad peligrosa esa empresa en las condiciones que se encontraba a última hora.
Desde entonces, desde el 23 de febrero del 2002 supimos que teníamos nuevos rehenes. Por esa época las FARC se dedicaron a secuestrar políticos (Ingrid y Clara no fueron las únicas), esto como respuesta al rompimiento de los “diálogos de paz”; diálogos que fueron un fracaso desde el primer día. Y empezó a correr el tiempo…. Teníamos vagas noticias de vez en cuando. En los últimos dos años de su cautiverio, más o menos, hubo mucho movimiento. Francia comenzó a gestionar con más ahínco la liberación. Pasaron muchas cosas hasta que por fin llegó el glorioso 2 de julio de 2008.
“¡Liberaron a Ingrid!” Fue lo primero que escuché. De inmediato corrí al televisor a ver cómo había sido ese suceso. Me di cuenta que no era solo Ingrid, la acompañaban 14 personas más; pero todo el mundo hablaba solo de Ingrid. Recuerdo que las cadenas de televisión congelaron su transmisión en aquella escena. No había imágenes concretas aún, solo se mostraba al entonces Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, a la mamá de Ingrid, a unos militares y una desoladora pista de aterrizaje. Las voces de los locutores no podían ser menos entusiastas; hablaban una y otra vez de la liberación de Ingrid y aún no se conocían muy bien los detalles de “La Operación Jaque”, pero con la poca información que circulaba era suficiente. El país entero estaba paralizado a la espera de la imagen de Ingrid. Se sabía que había otras personas. De vez en cuando mentaban a tres “gringos” y once uniformados. Pero definitivamente el papel protagónico era de Ingrid Betancourt.
Y llegó el tan anhelado y soñado momento… Ingrid apareció, bajó del avión con un semblante de quien nace y es consciente de ello, como quién murió y resucitó. Más o menos ése era el aspecto. El país entero estaba absorto en aquélla imagen “¡Se terminó esta tortura!”, escuché. Abrazó a su madre, le dio una palmadita en la mejilla a Juan Carlos Lecompte, su esposo (Una bofetada como diría él mismo más tarde), se abrió paso entre el bullicio y comenzó con un: “Acompáñenme primero a darle gracias a Dios”. Me conmovió, lo admito. Sé que más de uno lloró ante aquella escena, sé que más de uno le dio gracias a Dios junto con ella, sé que más de uno compartía su emoción y su alegría. Se veía como una mujer humilde, arrollada por la vida pero vencedora a fin de cuentas, de largas batallas y de una fe infranqueable. Irradiaba humildad en su forma de hablar y en sus palabras conmovedoras. ¡Estaba en la cima! Es lo único que puedo decir al respecto.
Pasó el resto de la tarde, llegó la noche, llegó el día siguiente y de lo único que seguían hablando todos era de Ingrid. Al otro día nos sorprendió otra imagen conmovedora con la que más de uno volvió a llorar: El reencuentro con sus hijos. Tengo que admitir que realmente fue conmovedor. Visitó la tumba de su padre, no paró de hablar de su travesía y se embarcó en un avión con destino a Francia. Era apenas entendible; alzó vuelo con sus hijos, se alejaba de un lugar donde no la había pasado muy bien los últimos años. Hasta ahí todo estaba en orden, o casi todo. Comenzó, desde entonces, a palpar la gloria. Por todos lados aparecía como una mártir, casi era una heroína. Bastó con que apareciera exaltada en el mundo entero para que su humildad se desvaneciera y omitiera, en adelante, todo lo que tenía algo que ver con el pudor humano.
Comenzó a desfilar por la “alfombra roja”. Definitivamente ahora sí estaba en la cima. Acá en el Tercer Mundo, en cambio, surgían preguntas de vez en cuando como: ¿Volverá Ingrid a la arena política? Algunos desocupados incluso se tomaban el trabajo de incluirla en las encuestas y contaba con un respaldo decente. Pero el tiempo transcurría y la sensación que quedaba era de olvido y abandono total. No se le reprocha por no volver, a fin de cuentas estaba en todo su derecho si no quería, nadie puede juzgarla por eso; razones de sobra tendría para quedarse con sus hijos y con la tranquilidad que le ofrece Francia, eso es entendible. Sin embargo, déjeme decirle que se pasó de la raya el día que volvió al país solo por intereses económicos, detrás del pobre erario de este país, porque a última hora no alcanza sino para lo mismo que alcanzaba hace 300, 200, 100 años: Para sostener una Burocracia y un Ejército. Usted omitió con su gesto, válido quizás, a todos los colombianos que nos entristecimos con su secuestro y nos alegramos con su liberación. Omitió el deplorable estado fiscal de nuestro país y las apremiantes necesidades de sus habitantes solo por abrirle paso a su ambición, a su necesidad, a su derecho, a su dignidad, yo que sé. Si su objetivo era vengarse por lo que el Gobierno le hizo en ese entonces, déjeme decirle señora Betancourt que el mal no se lo hace a Andrés Pastrana, mucho menos a las FARC, usted se está vengando de todo un pueblo que de verdad se alegró con su regreso y de verdad lloró su angustia.
Pero hagamos el recuento completo… Primero viene y se digna a pisar suelo colombiano dizque para conmemorar los dos años de su liberación, luego interpone una “conciliación” y finalmente dice que la módica suma de 15000 millones de pesos que pedía eran simbólicos. ¿Quién nos cree? Está bien que usted vive en el Primer Mundo y que acá somos unos pobres indios ignorantes, hasta brutos, pero cualquier indio ignorante y bruto sabe que 15000 millones no es simbolismo. Ahora se dedica a recorrer el mundo, le da gracias al papa por su liberación (Se le olvidó empezar por darle las gracias a quienes de verdad lucharon por su libertad; pero tranquila, esos pequeños detalles los omite cualquiera, yo sé que no fue intencional), pretende llegar a ser Premio Nobel de la Paz por simplemente haber estado secuestrada, porque a la hora de la verdad nada ha gestionado (y no la culpo, no es su obligación velar por los demás secuestrados, eso es cierto. Ya tuvo suficiente con su propio cautiverio, y es respetable su posición). Pero todo eso es pasado y ya lo superamos. Lo que no podemos superar aún son sus giras mundiales en las que se dedica a recorrer el mundo, en son de mártir, promocionando su libro (No hay silencio que no termine) y a donde quiera que llega deja por sentado que en Colombia la tratamos “peor que a una criminal”. Pero espere un momento ¡Pare ya de hacerse la mártir! El caso no es que se le haya tratado precisamente como una criminal, lo que pasa es que usted se ofendió porque no la tratamos como a Dios… Ya lo dijo el mismo Lecompte, con respecto a su proceso de divorcio: “A veces creo que me estoy divorciando de Dios”. ¿Usted de verdad cree que su imagen de mártir es eterna, intachable e infranqueable? Yo no lo creo… ¿Y qué esperabas Ingrid?

viernes, 29 de octubre de 2010

A la memoria de alguien grande…



¿Por qué tenemos la mala costumbre de matar a la gente y luego inmortalizarla? ¿Qué acaso no sería más útil dejar que cada uno de esos inmortales se desarrollen por sí mismos y lleguen hasta donde su condición los deje? A menudo ponemos todo nuestro empeño para que muchos de esos personajes que ahora tenemos bajo una escultura vuelvan a hablar, expongan una vez más sus ideas, y así quizás, dejarlos ir en paz. Sin embargo, ocurre que los monumentos no hablan, ni exponen ideas, simplemente se dedican a recordarnos una fecha y el nombre de un personaje, y con el tiempo, esa memoria colectiva se va perdiendo. Esto sucede con frecuencia en nuestro medio, y el problema en últimas no es la falta de memoria ¡No! El problema es que tenemos tantos mártires a quienes hacerle estatuas que ya no tenemos espacios físicos para colocarlos, mucho menos espacios mentales para albergarlos a todos.
Algunas veces me pregunto si algún día, toda esta barbarie parará, si realmente el sacrificio de quienes representan esas estatuas valió la pena, si en verdad aportaron algo como seres vivos, que alguna vez fueron, o si más bien se convierten en un fantasma más de nuestro medio. La respuesta es compleja, un tanto subjetiva, pero no por ello insignificante. Lo más frustrante de todo no es convivir con esos fantasmas, o con esas ideas, lo más frustrante de todo es convivir con la impunidad, eso sí que genera una mezcla de sentimientos extraños, quizás en algunos sea tristeza, en otros, rabia, algunos quizás se sientan impotentes, y otros puede que sean indiferentes; lo que sí es cierto es que nunca sabremos en qué forma pudo haber cambiado el curso de nuestra realidad, cómo se hubiera escrito la historia ni cuál habría sido el fin de esos personajes. Ese trabajo se le deja a la imaginación.
Las balas en este país han cambiado, en muchísimas ocasiones, el curso de nuestra historia. No estoy diciendo que fuéramos mejores, quizás hubiéramos llegado a un estado más deplorable que el que ostentamos hoy día, quizás estuviéramos en la misma situación o es posible que un poco mejor, lo que sí sé, es que esos personajes que sepultamos físicamente, y a los que la memoria también busca sepultar, tenían muchísimo potencial, demasiadas ideas como para transformar nuestra realidad. Si Gaitán hubiese llegado a la Presidencia, quizás, muchos grupos insurgentes, hijos de los años 60 y 70, no hubiesen surgido jamás. Si Galán hubiese sido Presidente, ahí si quién sabe qué hubiera ocurrido porque le tocaba enfrentarse a un personaje nada insignificante de su tiempo –Pablo Escobar–, pero otro cuento hubiera sido. Si la UP no hubiese sido exterminada ¿Qué habría ocurrido? Por lo menos nos hubiéramos ahorrado la vergüenza mundial de ser unos animales que exterminan un partido político por completo. Si a Jaime Garzón  no lo hubiesen alcanzado las balas de… ¿Qué haría ahora?
Para muchos, reflexiones ociosas, para otros, necesarias. Colombia se convirtió en un país donde se albergan, básicamente, dos tipos de personas: Los intolerantes y el resto. A estas alturas es imposible separar narcotráfico, política, paramilitarismo y guerrilla. La pobreza espiritual que rodea nuestro entorno nos hace ser seres huecos incapaces de soportar críticas, incapaces de hacer las cosas bien, incapaces de serles fiel a unos mínimos principios y capaces de ponerle precio a algo que nadie nunca se hubiera imaginado que puede comprarse: las ideas. Creo que nuestra humanidad ha llegado al punto más bajo de su decadencia, que por más intentos que demos unos cuantos por ponernos en pie, siempre habrá una fuerza mucho mayor que nos logra doblegar, y ojo que no es pesimismo, es la dura y cruda y realidad.
Es posible que no sepamos jamás quién dio la orden, porqué exactamente, es posible que nunca lo sepamos, pero debemos mantener en alto las banderas de quienes arriesgaron alguna vez algo tan exclusivo e importante como su existencia, de quienes de verdad tenían principios que valían mucho más que la vida y de quienes alguna vez soñaron y jamás le pusieron precio a las ideas. Es importante que conservemos intactos y llevemos con cada uno de nosotros cada una de las reflexiones y el legado que nos dejaron muchos de esos personajes, es fundamental que dejemos la mala costumbre de matar las ideas y poner a vivir un pedazo de cemento, es conveniente deshacernos del olvido y no cometer la torpeza de omitir para seguir viviendo. Es apenas justo recoger las enseñanzas e impartirlas como si se tratase de sus autores, como hacerle frente al olvido.
Jaime Eduardo Garzón Forero, uno de los tantos que merece, por lo menos, la memoria, uno de los tantos que merece justicia, reparación ¿Qué clase de reparación? y revivir. Imposible de creer que hasta la risa tenga cabida en un cementerio, inconcebible que el humor y la inteligencia sean el banquete de los gusanos, inadmisible que el deseo de construir un mundo del tamaño de los sueños se convierta en una utopía en un entorno donde casi todo es posible. Absurdo es el sacrificio de alguien que puso el pecho por… un país que no merece otra cosa que el repudio, un país que no es digno de tales sacrificios, un país sin memoria, un país donde dudo que alguna vez se pueda llamar dignamente país. Jaime, si después de la muerte hay vida, si después de la muerte es posible mantener las ideas y si es permitido cuestionarse; espero que allá, donde quiera que estés, se respeten las ideas, espero que nos odies demasiado y espero encontrarte algún día; gracias por tu legado, infinitamente gracias por tus ideas, gracias por tu valentía, y sobre todo, gracias por enseñarnos que por los sueños se lucha, cueste lo que cueste.
Lejos de ser el payaso que todo el mundo sigue creyendo que fuiste, lejos de ser el colaborador de grupos ilegales que todo el mundo cree que fuiste, lejos de ser aquel impertinente que los intolerantes creen que fuiste; solo me resta decirte gracias Jaime, fuiste y serás siempre grande, por lo menos para mí, aunque no te sirva de mucho ya. Descansa en paz, si es que puedes…