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sábado, 3 de marzo de 2012

Y el Bienestar Familiar no se metió, y mis hermanos y yo crecimos, y aparentemente no tenemos ningún trauma

A propósito del obsceno caso de la detención de unos padres en España por castigar a su hija de 16 años: http://www.semana.com/mundo/detienen-pareja-espana-prohibirle-su-hija-16-anos-salir-casa/173079-3.aspx

Nunca supe lo que fue un castigo en asunto de calle, o más patético aún, que me prohibieran ver televisión, existen castigos así, uno no se imagina, hasta absurdos pueden parecer, pero existen. Correa sí llevé, y mucha, chancleta también, y una que otra mirada fea, no más. Ah bueno, los gritos que siempre han sido una constante en la vida de mi papá y los arañazos y tirada de tacones que siempre fue un vicio inter hermanos. De resto, mi mamá siempre ha sido muy decente y solo recurrió a la “vara”, por aquel pasaje de la biblia: “corrige a tu hijo con vara”.
Yo soy más o menos libre desde que tengo uso de razón, desde los cuatro años ando en la calle de mi cuenta, atracando las chazas de dulce con mi hermano mayor y un primo, burlando la seguridad de mi abuela, jugando a guardianes de la bahía en la orilla del mar, esos eran mis pasatiempos a los cuatro, cinco años de edad. Y lo fueron como hasta los diez años más o menos, pues, mis compañeros de andanza entraron en esa etapa difícil de la pubertad donde ya no gustan de nadie, ni le hablan a nadie, además, cuando uno entra al bachillerato, no sé por qué, pero se cree un adulto en pleno.
Yo creo que mi mamá mantuvo deprimida porque pensó que sus hijos se dedicarían al sicariato o esas cosas, pues, que a los cinco años sus hijos anden en esas debe ser desconsolador, aunque pensándolo bien creo que ella jamás lo supo del todo porque eso transcurría mientras mi abuela “nos cuidaba”. Por supuesto, nos aprovechábamos de que no veía muy bien y mi abuelo no escuchaba nada y nos volábamos. Es que eso de que le fallen los sentidos a uno es muy jodido, pero bueno, gracias a ello tuve niñez, de no ser así hubiéramos muerto intoxicados comiéndonos el hielo que raspábamos del congelador de esas neveras viejísimas, o tal vez hubiésemos matado por fin el cactus del patio de mi abuela, pues, siempre recurríamos a echarle límipido, petróleo, baygon, de todo, con tal que se muriera para que no nos estorbara cuando jugábamos, pues, siempre terminábamos rasguñados. Pero no lo conseguimos, comprobamos la inmortalidad de los cactus, o por lo menos de ese cactus. A eso nos dedicábamos cuando definitivamente había mucha seguridad en la casa y no podíamos salir.
¿Y adivinen qué? Siempre nos daban duro por esa “mala costumbre” de irnos para la calle… ¿Y adivinen qué? Al día siguiente, como si nada, lo volvíamos a hacer. Eso hacía parte de nuestra naturaleza, era impensable encerrarnos. Pueden calcular más o menos cuantos correazos nos ganamos en la vida. No, mejor no los calculen, dejen así. Y sin embargo, a pesar de todo, jamás me dijeron “no sale por X días a la calle”. Cuando veían que la correa no siempre era un buen método nos daban un discurso de que los niños no debían andar en la calle solos, pero como uno a los cinco años no se cree niño, ya es todo un ser sumamente grande y responsable, capaz de enfrentar la vida, no nos inmutábamos. Por lo general, uno suele creerse niño cuando de verdad ya LE TOCA ser adulto. Pero bueno, queda el consuelo del cuento “del niño que llevamos dentro”.
Pero lo hacíamos porque los niños son así, espontáneos, traviesos, inquietos, precisamente por eso necesitan mano dura. Cuando la autoridad estaba ahí no se nos pasaba por la cabeza enfrentarla, eran la autoridad, nada que hacer. Todavía hoy, con los años que tengo, mis papás son una autoridad, aunque les discuto, obviamente, pero eso son. Si dicen que no, rotundamente no, es NO. Ni se me pasa por la cabeza acusarlos ante nadie, y eso que soy mayor de edad. Por algo muy sencillo: son mis padres, me mantienen, y de verdad buscan lo mejor para mis hermanos y yo. Y ahora, a pesar de todo, creo que hicieron un gran trabajo.
Y es que nos daban correa porque sí… si hacíamos mucha bulla en hora de siesta, no faltaba el mal día de mi papá. Si nos agarrábamos a los golpes, mi mamá nos separaba a punta de “vara”. Si no hacíamos caso simplemente nos miraban feo, no más. De resto contamos con la desgracia de una señora de muchos años que trabajó en la casa, la que nos cuidaba, y cada que hacíamos algo malo nos arrodillaba horas y horas frente a ella en la cocina, no nos podíamos mover hasta que a ella le diera la gana. Ese fue el peor castigo que recibí en la vida, imagínense, tanto por hacer y una dizque arrodillada viéndola hacer la comida, ¡Qué emoción! Algunas veces nos encontró así mi mamá, pero hasta a ella la regañaba la señora Nelsy porque la desautorizaba. Con el tiempo hasta mi mamá le obedecía, y esa era la parte donde preferíamos la correa, la chancleta, la “vara”.
En esos momentos, estando arrodillados, era cuando nos acordábamos que había que hacer tareas, y ya no teníamos más excusa porque uno a esa edad no es que tenga deberes. De repente escuchábamos los gritos de los niños en la calle corriendo y jugando y nos entraba el desespero, pero no podíamos hacer nada, solo poner cara triste, de arrepentimiento profundo, pero eso no la conmovía, ella no creía en esas caritas inocentes. La felicidad más grande era cuando nos decían “se pueden ir”. Y esa era la parte donde nos agarrábamos otra vez, esta vez echándonos la culpa de quién había iniciado la pelea que no nos dejaron terminar y por culpa de quién terminamos arrodillados. Esa es la parte donde nos volvían a arrodillar y otra vez a poner carita.
Pero bueno, esas son cosas del pasado, si el Bienestar Familiar se hubiese enterado quizás le hubiesen abierto un proceso a mis papis, por “maltrato infantil”, y ni qué decir de la señora Nelsy, una señora de bastantes años, endurecida por los vejámenes de la vida, con muchos hijos criados, lo que la hacía casi que una mamá para nosotros, y en realidad eso fue. Qué tiempos aquellos, no había reggaetón, la ropa de niños era ropa de niños. No las mini faldas que le ponen a las niñas de tres años hoy en día.
Y es que esos niños de ahora nacen con cierta disfuncionalidad en su comportamiento, es como si le estuvieran echando algo a la comida y las madres se lo transmitieran durante el embarazo. Uno no se explica. Y lo digo porque mi hermanito, el bebé de la casa, alguna vez amenazó a mi papá con el Bienestar Familiar, solo porque, como a las 11 de la noche, teniendo más o menos unos nueve años de edad, mi papá lo trajo jalado de las orejas de la calle, pues, era día de semana, hora de dormir y el bebé, que llevaban como dos horas llamándolo para que entrara, ni se inmutaba. Pero fue muy cómico. Mi hermano mayor, mi mamá y yo solo nos reíamos, hasta mi papá. Es que a ese si le han alcahueteado todo, si le dieron tres correazos en toda su vida fue mucho, a mi papá le daba pesar pegarle dizque porque el todo chiquito, todo “tierno”, qué le iba a pegar. Lo que sí compartió con nosotros fueron las arrodilladas.
Sin embargo, el tuvo la mala suerte de que yo, a los seis años, me creía mamá. A falta del fuete de papi y mami siempre aparece un tercero que quiere suplantar. Y me tomé el trabajo de castigarlo, de obligarlo a que se vistiera como yo quería, de darle con la correa cuando se portaba mal. Pero también le daba dinero, es decir, toda una mamá. Cada que salía le traía juguetes, dulces, hasta ropa. Y mantenía delirio de que le fuera a pasar algo, si se me perdía un segundo y no lo encontraba ya me imaginaba lo peor, es que era un niño indefenso, la sobreprotección también venía de mi parte. Y entonces lo eduqué a lo yo. Lo ponía a escuchar la música que a mí me gustaba, que se motilara como a mí me gustaba, que se vistiera como a mí me gustaba, hasta que se me rebeló.
Y lo hizo apoyado por papi y mami, pues, según ellos yo era “muy dura” con el niño. Y lo comprobaron un día que se me fue la mano, lo corté con una correa de plástico que yo tenía. Qué ternura, se imaginan que a uno lo corrijan pegándole con una correa de niña, de esas transparente con florecitas y pendejadas de esas. Era tierno, admítanlo. Desde entonces ese niño se volvió inmanejable. Ni a mí ni a mis papás le hacía caso. Pero quién se atreve a tocarlo, qué miedo, con el Bienestar encima. Pero quedaba una salida, castigarlo de otra forma, aunque eso jamás ocurriría, mis papás jamás nos han cortado las alas cuando de calle se trata. Pero, si algún día se les hubiese ocurrido esta medida, es posible que tampoco la pudieran usar.
Y es que uno suele hacer caso por algún respeto y algún temor que guarda frente a alguna autoridad. Y ahora resulta que los papás se convirtieron no más en fuente de aprovisionamiento y ya. No pueden llamar la atención porque están coartando el “libre desarrollo de la personalidad”, no pueden pegar (aunque hay unos que se pasan, lo admito. A mí siempre me dieron correa y papi y mami siempre fueron conscientes de que fuera en las piernas, ese cuento de que le lanzan la hebilla en la cara no, ya eso no es corrección, es brutalidad) porque es maltrato, y ahora resulta que no pueden castigarlos con encerrarlos porque incurren en “detención ilegal”. Es decir, si quieren castigar a un hijo ahora habrá que ir ante un juez a pedirle permiso, y seguramente se negará.
Ahora resulta que cualquier cosa es materia del derecho penal, y resulta que, la autoridad espontánea que representa la figura de los padres pasó a ser historia, ellos solo están en la obligación de dar alimento, ropa, educación, cuidado, bla, bla, bla. Y a la hora de corregir, NO SE PUEDE. A mí personalmente este cuento de tanta libertad me parece obsceno. Estamos cayendo como en ese punto irracional del extremismo. Está bien que se garanticen libertades y el bienestar de todos, ¿Pero que judicialicen a unos padres por castigar a su hija de escasos 16 años? Por Dios, ahora si es verdad que estamos convirtiendo la racionalidad en irracionalidad.
De ahora en adelante, cada que los papás, que en teoría buscan el bien de sus hijos, castiguen a sus hijos porque consideran que las amistades con las que andan no son las adecuadas, porque consideran que las actividades que están realizando no son sanas y pueden llevarlo a algo peor, porque no está correspondiendo el comportamiento con la formación que le dan, pueden incurrir en algún delito. Y a mí me surge una gran pregunta, ¿Y entonces cómo vamos a educar? Garanticemos la libertad plena entonces de todos esos mocosos de ahora y el día que ellos digan que no quieren volver al colegio, pues que no vayan más nunca, el día que ellos sientan que se quieren independizar a los cinco años pues dejémoslo. El día que ellos consideren conveniente que se pueden emborrachar a los diez que lo hagan. Cuando resulten con novio a los ocho años pues qué carajo, que lo hagan.
Pero eso sí, luego, cuando resulten con barriga a los quince, alcohólicos a los catorce, ladrones a los trece, sicarios a los doce, analfabetos a los 16, IRRESPONSABLES CONSUMADOS a los 18, no empiecen a modificar el código del menor, no vengan con cuentos de que están preocupados porque los índices de cualquier cosa se dispararon y son alarmantes. Si no hay autoridad no pretendan que exista una formación, no se puede. ¿De cuándo a acá un niño sabe qué es lo que más le conviene? Y lo peligroso de este asunto es el cuento de una combinación extremadamente explosiva: la libertad y la ignorancia. Y ahora con el cuento de que las niñas a los nueve años se creen “sexys”, y los niños a los doce se creen “galanes”; se saben todos los reggaetones que salen y “perrean” a la par de ellos. Ya eso de las rondas infantiles, de jugar con carritos y con muñecas, de las fiestas infantiles es cosa del pasado. Y lo paradójico es que, justamente ahora cuando ya este mundo no sirve para absolutamente nada, cuando las niñas son las que se le lanzan a los niños y se meten en el papel de la bandida de la novela, cuando los niños se creen reggeatoneros y se meten en el papel del charlatán de la película, cuando de verdad no hay inocencia y el medio es agreste, ahora cuando en serio necesitan mano dura, resulta que no se puede, no se puede porque se traumatizan. Yo creo que los traumatizados ahora son los padres, no me cabe en la cabeza todo este aparataje absurdo en el que estamos inmersos.

viernes, 3 de febrero de 2012

¿Perdón? En mi nombre ¡NO!, señor Presidente

Hace algunos días vimos la tierna imagen de nuestro Presidente pidiendo perdón, ¿hay algo más tierno que eso? Vi el alboroto y no me detuve, pensé simplemente apoyar al gobierno, pues, ¿hace cuánto no nos pedían perdón sincero por todas las barbaridades que nos ha tocado soportar? Ni me detuve a ver qué era, pues, no les alcanza esta vida ni la otra para pedir perdón por todo lo que han hecho, además, nuestro señor Presidente tiene muchas cosas por las que pedir perdón, que empiece por los “falsos positivos”, que siga por la hilarante declaración que hizo cuando fue Ministro de Hacienda de Pastrana, con respecto al salario mínimo del momento, irrisorios 309,000 pesos en 2002: "no entiendo por qué la gente se queja tanto si alcanzan perfectamente", hasta para ahorrar quedaba, según sus cuentas; que continúe con el engaño que les hizo a los Uribistas, el de comprometerse a cuidar los "tres huevitos", y así, que prosiga con la interminable lista que existe.

Y es que yo, que solía comportarme como un ser resentido, ahora estoy segura que debemos perdonar, sí, lo he aprendido en múltiples espacios. Desde la moral cristiana, pasando por la ley del perdón de Amartya Sen, hasta llegar a la paz interior que da el hecho de liberarse de todos esos odios guardados. Hay que perdonar, hay que perdonar… no sé si “setenta veces siete”, pero hay que hacerlo, así sea por simple tranquilidad. Como sea.


En fin. Con respecto a esta sutil muestra de arrepentimiento, algunos despotricaron, indignados, ante tal atentado contra la llamada dignidad. Pero… ¿cuál es el alboroto? Casualmente, entré en ese momento a una conferencia sobre la constitución del 91 y escuché, por un lado “Santos pidió perdón”, por otro “Palacio de Justicia”, seguidamente, “Militares”, por otro lado “Belisario Betancur”. Había muchos cabos sueltos, pero posibles de atar. Analicé rápidamente la circunstancia… ¡Claro! Junté las partes y pensé… Santos pidió perdón en nombre del Gobierno de Belisario Betancur y los Militares por lo del Palacio de Justicia. Ya está, ¿Cuál es el escándalo?


Sin embargo, a medida que los minutos pasaban y cambiaban de temas yo seguía dándole vueltas al asunto… “Belisario” + “Palacio de Justicia” + “Militares” + “perdón”. No ha de ser tan simple, si así fuera, ¿Cuál es el escándalo? En ese momento me resigné, estaba muy bueno el foro. Cuando salga miraré, pensé, y así fue. Me dispuse a indagar el episodio y encuentro semejante barbaridad… Resulta que yo, por ser colombiana, le acababa de pedir perdón a los Militares y a Belisario Betancur por la retoma del Palacio de Justicia, por el acto heroico en defensa de la democracia que protagonizaron en conjunto el 6 y 7 de Noviembre de 1985.


¡Qué barbaridad! ¿Cuándo rayos me pinté yo en este plan? Sentí una profunda vergüenza por mí, me deprimí, me ofusqué, me petrifiqué. ¿Cómo así que el Señor Presidente habló por mí? A mí nadie me consultó, yo no estoy de acuerdo. Mi angustia crecía con el transcurrir de los minutos, empecé a comerme las uñas. Pensé esconderme, no salir más nunca, dejar de decir que soy colombiana, empecé a ensayar otros acentos, me propuse firmemente aprender otro idioma y todo, a fin de cuentas, no solo iba a necesitar un papel, necesitaba toda una identidad.


Pero fracasé, lo confieso, no me gusta el mandarín, del italiano me gustan los italianos, del francés la Torre Eiffel, del inglés me gusta el Big Ben London y Shakespeare, del alemán Günter Grass, del irlandés Cecilia Ahern y James Joyce, del portugués Cristiano Ronaldo… Y así. Además, de Argentina me gustan los argentinos, de Chile Pablo Neruda y Gabriela Mistral, de México Octavio Paz, de Perú Machu Picchu, y así… Fracasé, no encontré albergue completo, pues, de mi país me encanta mi vallenato, Gabo, mi yuca con suero, mi sombrero vueltiao, mi gente, mi Tierra, además, me gustan los hombres sabaneros, los santandereanos y los caleños… En fin. Como verán, no encontré asidero en el mundo, figuró ser colombiana.


Entonces comprendí que como no podía huir tampoco podía esconderme, por lo menos no para siempre. Recordé entonces que los colombianos tenemos una memoria poderosamente cortoplacista… es cuestión de unos días, ya se les olvidará, me tranquilicé. Aborté el pánico y seguí leyendo, quería ver si debía preocuparme por haber dicho alguna otra cosa. Pero no, nuestro Señor Presidente no dijo mayores cosas de más, solo Plazas Vega, ese señor que tanto dolor de cabeza nos ha dado.

"Yo no estoy pidiendo perdón ni lo voy a aceptar. Estoy pidiendo justicia, que es diferente"… Con esta frase me encontré y ahora sí no aguanté más, rompí en llanto. ¿Que pide justicia? A ver, definamos justicia: Dícese, según Plazas Vega, de la impunidad. Y es que eso es justicia en el país, se ha vuelto recurrente esa definición últimamente. Supongo que se tomó muy a pecho el perdón que le pedimos señor Alfonso, ¿quiere que le ratifiquemos nuestro arrepentimiento por señalarlo? Pues respóndanos por los sucesos del Palacio, respóndanos por las muertes y torturas suministradas por el Ejército en ese episodio, respóndanos por el incendio del Palacio, respóndanos. Después de lo ocurrido, ¿todavía cree que de verdad estaba defendiendo la democracia? Y definamos democracia, dícese, según Plazas Vega, la combinación de todas las formas de lucha. Y si no quiere pedir perdón, por lo menos no pida su absolución invocando “justicia”, no tergiverse las cosas, no lo haga.

Quizás los perdonemos algún día por grotescas actuaciones, quizás, ¿Pero por el cinismo? No sé, quizás. Es hora de empezar a enfrentar las situaciones, es hora de poner la cara y, si por orgullo no pide perdón, al menos por vergüenza no pida “justicia”. Y no es que esté defendiendo el acto bandálico del M-19, simplemente destaco que no tenían por qué rebajarse al nivel de ellos, mucho menos desaparecer tanta gente inocente. Yo por mi parte, en mi nombre, y de los que quieran adherirse, le pido perdón a todas las víctimas del Palacio de Justicia, lamento profundamente este suceso, es triste. Invito a que nos perdonen y perdonen a nuestro Presidente, a este señor, Plazas Vega, perdónenlo, por favor, “no sabe lo que hace”. Es hora de acatar los fallos de las competencias judiciales nuestras.

jueves, 26 de enero de 2012

Partido de la U: Una religión politeísta

De esas imágenes tiernas... ¿Qué pasó con el "Unidos, ¡Como debe ser!"?


En vez de preocuparse por defender los valores, invocar reformas políticas y sociales y defender a capa y espada el desarrollo de un agonizante país, los religiosos miembros de la secta del llamado “Partido de la U” ya no duermen pensando en sus dioses, más bien, en la pelea cazada entre ellos.  Es que eso de servir a dos dioses distintos ha de ser jodido, sobre todo cuando el carácter es tan disímil y cada quien busca hacer de su templo una finca distinta.

Lo más complicado de esta diferenciación es la confusión que genera el hecho de que alguna vez fueran del mismo bando. Eso de haber compartido gallinero, de haber sido coautores de la gallinita de los tres huevitos no es fácil. Yo lo entiendo señor Uribe, no crea que no. Es que eso de haber compartido enemigo y ahora tener que aguantarse que su peor enemigo sea el mejor amiguito de su antiguo amigo ha de ser duro. Como diría un intento de comediante malo, muy malo, perverso: “el que lo entendió lo entendió”. Comprendo, señor Uribe, que eso de confiarle los huevitos a alguien que planea desayunarlos por la mañana es muy duro.

Es que Santos es un desconsiderado, no se imagina lo que es quedarse solo en el mundo a una edad tan avanzada como la suya. Yo no quisiera ni imaginarme que a los 60 años todos mis amiguitos fueran presos, mucho más indignante si son inocentes, así como todos los amiguitos suyos. Y lo entiendo, no ha de ser divertido tomar el té en la cárcel, tampoco con restricción de tiempo. Me parece muy mal hecho de su sucesor. Él se comprometió a defender su legado, lo sé, me consta. Todos lo vimos y lo escuchamos, por eso no voté por él, me pareció tan de mal gusto que usted redujera una finca tan grande como Colombia a un simple gallinero. Pudo haber ampliado el inventario, en vez de huevitos hubiera dicho más la lechita, más las maticas, más los capataces. Y el error fue suyo, no debió confiarle algo tan delicado a una persona tan descuidada. Le hubiese dejado los hierros con los que marcaba el ganado o el pilón del arroz, ¿no se da cuenta que los huevos se pudren rápido?

Pero está bien, ese es el precio que hay que pagar cuando se opta por ser sordo y ciego, ¿Acaso no se lo advirtió Daniel Samper en su artículo primera alocución presidencial de Juan Manuel SantosPero es que como andaba tan ocupado despotricando de todo el mundo, incluso de este magno periodista, ni cuenta se dio. Pero el error fue haber destapado el nimio caso de Agro Ingreso Seguro, ahí está todo el problema. De no haber sido por eso la historia hubiese sido más vergonzosa, en los libros que leerán mis hijos aparecería el nombre de su “minimí”, Uribito, para el periodo presidencial 2010-2014. Muchas gracias Valerie, de no haber sido porque prestaste tu nombre para tan magnífico proyecto jamás nos hubiésemos dado cuenta y, lo más probable es que hoy, quien yace recluido en un hotel diez estrellas, fuera el dueño del Palacio Presidencial. Desde entonces ya no desestimo las reinas de belleza, esta mujer, toda una heroína, cambió el rumbo de la historia, gracias de nuevo.

Pero bueno, retomemos, ¿por dónde íbamos? Ah sí, por los dioses. Entonces, esta religión, surgida de repente, y como todas, da visos de división. Sin embargo, ¿habrá alguien en la U que esté por convicción? Y me perdonan, pero es que con esos líderes y esas amistades que cargan uno tiene mucho para pensar. Quizás, quienes invocan su consternación porque están en la encrucijada del conflicto entre sus dos dioses, lo hacen queriendo hacer un llamado a que amiguitos de fechorías no pueden pelear, qué susto, imagínense sacándose los trapitos al sol. Yo también estaría asustada.

Sin embargo, quienes nada temen han de quedarse alineados al nuevo Gobierno, pues, qué van a hacer con un perdedor como el expresidente, quien está solo, iracundo y deprimido ahora mismo. Quien ahora recurre a los trinos de su twitter porque, de repente, ya no tiene el 85% de popularidad con la que alguna vez contó. Y no deja de ser triste, la verdad, pues, después de haber sido “el mejor presidente de la historia del país” (vaya pobre país, pero los entiendo, el que no tiene ni idea de lo que ha pasado en esta finca no puede más que decir estas barbaridades) pasa a ser un polémico e insustancial “trino”. Pero bueno, igual, señor Uribe, como usted mismo lo ha dicho, “le temo más a lo que dirá la historia”, no se preocupe, si usted es inocente, relájese. Ármese de valor y dedíquese a escribir un libro con todos los soportes decentes que desvirtúen las acusaciones en su contra. Ah, y por favor, excluya de su vocabulario la bendita palabra criminal, me tiene harta de tanto llorar invocando “la venganza criminal”. Amanecerá y veremos, la historia juzgará.

Y bueno, al resto, les pido, por favor, dejen el drama, no me vayan a decir que porque el uno es llorón y el otro un aprovechado se puede desarticular una religión tan pagana, amplia y unificada. Háganle un favor al país, no se vayan a separar, a este país no le cabe una religión más, ¿o es que no se han dado cuenta de toda la tinta que hay que gastarse cada elección para imprimir a cuanto partido, perdón, a cuanta religión se le antoja surgir? Además, qué pereza uno bien ciego y esos cuadritos bien chiquitos. Uno llega y ese montón de cuadritos le dan mareo, es más, se le olvida a uno la religión que profesa, se confunde. Los invito a que dejen el escándalo, resuelvan sus problemas y dejen de desviar la atención con sus peleas de niños mimados.

miércoles, 12 de octubre de 2011

QUE NO, QUE NO, QUE NO… ¡QUE NO SON CACHACOS!

Nací y crecí escuchando la bendita palabra cachaco por todos lados. Asumí, de entrada, que se trataba de los nativos del interior. No cuestioné el significado de la palabra porque todo el mundo a mi alrededor la usaba para identificar a todo el proveniente del interior del país: el bogotano, el paisa, el santandereano, en fin, de ahí pa’ abajo. Además era una niña, por Dios, yo andaba pendiente de volármele a mi abuela (quien no veía muy bien por cierto) para irme a encaramar en las palmeras de la playa, de rebuscar a mi papá en las oficinas más recónditas de la Gobernación de la Guajira para pedirle monedas a ver si me compraba un “raspao”, de sacar monedas de donde fuera (el bolso de mi mamá es testigo) para ir a llenarme los dientes de caries comiendo dulces, los benditos barriletes, ahí me tiré la vida. Deduzcan lo que quieran, me da igual, de todas formas siempre me han dicho que soy una peste. En fin, andaba imbuida en ese mundo letárgico que nos ofrece la niñez y del cual deseamos salir algún día sin saber del infierno que nos espera en esa cosa llamada adultez, pero bueno, nadie escarmienta por pellejo ajeno, dicen por ahí. En esas andaba yo cuando aprendí a decir, típico de todo oriundo del Caribe colombiano, “la tienda de los cachacos”. Y es que el que no conozca una “tienda de cachacos” no es de la región Caribe, o vive retirado de la urbe, una de dos.


¿Quién diablos dijo que los bogotanos (o resto del interior del país) son cachacos? ¿A cuenta de qué? ¿De su buen vestir, su elegancia o caballerosidad? ¿Son demasiado educados? Ah no, es que son españoles de muy buena posición económica, supongo. En fin. Pero como todo en la historia es tan apasionante, así ha sido siempre, encuentro que este calificativo se remonta a épocas coloniales cuando, en el nido ese (cuando digo nido me refiero concretamente a la época colonial, no actual) llamado Santafé de Bogotá, su gente vestía extremadamente bien porque tenían que aparentar que eran de mejor familia (Cosa que jamás fueron) y alcanzar el grado de criollos prestantes. Entonces, el calificativo en principio fue correcto, pero ahora no. Entiendan que en Bogotá, en el interior del país, así como en el resto del mundo, hay mortales donde, así como existen cachacos, también existen gamines. Y es que en mi Tierra también hay cachacos, imagínese. Los conozco, convivo con uno y todo, se hace llamar mi hermano menor.

De niña era feliz diciendo cachaco, no le veía el problema. Y ahora, que suelo ser más infantil que antes, paradójicamente, me produce jaqueca decir cachaco para referirme a las personas oriundas del interior del País. El cuento es que ahora no sé cómo decirles, me toca hablar del gentilicio de cada departamento, lo que se hace sumamente largo, pero no importa, con tal de no volver a decirles cachacos, eso lo paga. Aunque la situación es más dramática cuando nos enfocamos solamente en lo bogotanos, a ellos nos referimos con más ahínco a la hora de decir cachacos ¡Qué tal! Creo que ya les expliqué de por qué el cuento empezó con ellos.


Pero les voy a contar mi triste historia, de cómo me desprendí de ese calificativo, no crean que fue fácil... Llegué a Medellín al año inmediatamente siguiente de graduarme del bachillerato, no les voy a decir cuando para que no me calculen la edad ni la trayectoria. La primera vez que caí en cuenta del significado de la palabra cachaco fue cuando escuché, ya en Medellín, que alguien, cualquiera (ya ni siquiera recuerdo quién ni las circunstancias), dijo: “hay que ir de cachaco”. Mi reacción fue contundente. Me dirigí al diccionario más cercano y busqué el significado de tal palabra, y ahí estaba: “persona de buen vestir”. Lo recuerdo así, escuetamente. El mundo me dio vueltas, ¡Se imaginan! Acababa de romper un paradigma de mi cultura. Tal fue mi trauma que en adelante se me trababa la lengua, balbuceaba, ya no sabía qué decir para referirme a quienes conocí como cachacos. Desde entonces peleo en toda parte y con todo el mundo. Con mi papá, mi mamá (aunque pelear con ellos ya es tan rutinario que es irrelevante resaltar las discusiones en torno a la palabra cachaco), mis compañeros, amistades, ¡Con cualquiera! Soy perfectamente capaz de quedarme todo el día en un semáforo refutándole a alguien el significado de esta palabra. Pero tranquilos, no estoy de manicomio aún, es solo un gran trauma producido por el “choque cultural”.

Los choques culturales son traumáticos, los míos así lo han sido… Y vaya que choque cultural tan bravo, ni se imaginan las peleas que libré con tal de aprender a hacer buen uso del vocabulario, pues, como soy incorregible, me cercioré de usar las palabras correctas, para que no me corrijan, o por lo menos no me tomen por sorpresa, hasta compré un diccionario y lo cargaba en el bolso, todo con tal de que no me refutaran y defender el vocabulario coloquial que usamos los del Caribe colombiano (no diré costeños porque ese es otro eufemismo barato... ¿De cuándo acá un planeta-ricense es costeño? ¡Son sabaneros señores! Es que esta gente de por acá es feliz diciéndole costeño a todo lo que se le atraviesa con cara de suero, pescado y yuca. A propósito, yo también soy sabanera, lo llevo en la sangre, suelo decir que soy enrazada. Pero eso sí, nacida y criada en la Costa, que no haya equívocos). Y ni hablar de la arepa, esa es otra larga, traumática y deprimente historia, por ahora quedémonos en el léxico.

¿De cuándo acá un paisa me iba a poner a decir emparamado en vez de empapado? ¿De cuándo acá iba a decir taco en vez de trancón? ¡Ni por equivocación! No me cambian mi jerga por nada del mundo. Aunque quedó una pelea en remojo, que nadie ganó, o más bien ambos ganamos, la de la famosa pluma Vs canilla… ¡Esa es la más famosa! Es correcto tanto pluma como canilla, así que compañero, no se deje aturdir, no se deje amedrentar, cuando lo corrijan y le digan que es canilla, diga con mayúscula sostenida, en negrita y con signo de admiración: ¡PLUMA ESTÁ BIEN DICHO! Hagan cara de eruditos si quieren, disfrútenlo, pero no se dejen, por favor. Mi búsqueda a este respecto fue tensa, les confieso que me ofusqué cuando encontré que canilla estaba bien dicho, me imaginé llegando a mi Tierra a decirle a todo el mundo que debían decir canilla, y no pluma, me imaginé doblegándome a la jerga paisa, hasta que por fin encontré que pluma también se podía usar para referirse a la llave que regula el paso de los líquidos ¡Qué descanso! Y ni hablar de la batalla campal que libré la primera vez que escuché que le dijeron corroncho a un vallenato que a mí me gustaba. Después de una pelea monumental y una profunda depresión entendí que acá a todo lo que les parezca del Caribe colombiano lo tratan con ese calificativo. Me costó, pero al final lo entendí. También entendí, después de mucho, que me peleaban adrede las cosas, solo para mortificarme, pero eso tampoco lo lograron, lo único que consiguieron fue hacerme reír, y mucho.

Finalizo diciendo, para que no me mal entiendan, que no tengo nada en contra de los paisas, hasta me caen bien después de todo, tengo muchas amistades paisas y son muy buenas personas, a algunos hasta los quiero, y mucho, creo que se los he dicho en uno de esos estados en los que la lucidez se ausenta. Lo que no les perdono a algunos es que me le hagan mala cara al vallenato, tampoco les perdono que le arruguen la ceja al suero, al ñame, al mote de queso o hacerle burla a nuestra sagrada forma de hablar rápido. De resto, los perdono por ser paisas. A los demás los perdono por no ser “costeños”. Y a los oriundos del Caribe colombiano no les perdono jamás que vuelvan a decir cachaco para referirse a alguien “del interior” del país, no se los perdono. ¡NO SE DICE CACHACO, QUE LES QUEDE CLARO! ¿O se los repito?

Por María Jimena Padilla Berrío

jueves, 29 de septiembre de 2011

Colombia, al borde de una nación


Para David Bushnell[1] Colombia es, por encima de muchas cosas, “una nación a pesar de sí misma”[2]. Esta aseveración, interesante desde todo punto de vista, es también cuestionable a la hora de entrar en detalles sobre ¿qué es nación? Sobre este asunto, sostiene Edgar Morín que “la nación es una sociedad en sus relaciones de interés, de competiciones, rivalidades, ambiciones, conflictos sociales y políticos. Pero es igualmente una comunidad identitaria, una comunidad de actitudes y una comunidad de reacciones frente al extranjero y sobre todo al enemigo”[3].
Siguiendo esta línea, la de Morín, cabe preguntarnos entonces: ¿se puede concebir la nación desprendida de las prácticas culturales de su sociedad? La respuesta a esta pregunta es compleja, tanto más si tenemos en cuenta que la nación es muchas veces asociada con Estado, país, o simplemente pueblo. Para no extendernos, diremos simplemente que no podemos concebir una nación sin unas raíces culturales comunes, pues, lejos de que un conjunto de leyes legitimen un territorio como Estado, la nación es el compartimiento de unas prácticas en concreto de determinado grupo, bajo determinado territorio.
Pese a lo que sostiene Bushnell, y partiendo de las dificultades que se han tenido a la hora de lograr (o acercarnos a) una cohesión social ¿Podemos darle el calificativo de nación a Colombia? Si tenemos en cuenta que; el reconocimiento cultural de una sociedad a otra, y viceversa, es el estado más álgido al que puede llegar la humanidad en cuanto logra identificar una serie de costumbres de sí misma y de otros pueblos; entonces debemos aislar al país por regiones y analizarlas separadamente. Colombia se forma aisladamente, por las condiciones territoriales, por las capacidades que cada región provee, por las identidades que cada grupo de personas (negros, indios, blancos, mestizos, criollos…) va forjando. No es de extrañar que aún hoy, dos siglos después de proclamado el territorio como un solo país, la situación se torne agreste, más por la renuncia a reconocer otras culturas, más por la falta de acercamiento entre unos y otros.
Dilucidar los procesos que llevan a que un grupo de personas se diferencie de otro es una tarea compleja, pues, solo podremos decir (de la mera observación) que comparten un espacio geográfico y unas condiciones de vida similares en cuanto su entorno lo permite. En este sentido, bajo la construcción cultural de los diferentes pueblos, causa curiosidad la forma en que unas culturas se erigen como referentes de otras. Esta problemática nos la detallada Todorov en su libro cruce de culturas y mestizaje cultural cuando, describiendo la situación de su propio país, muestra la forma en que la cultura de una región distinta a la propia se toma como ideal. Esta situación, en principio, puede ser enriquecedora en la medida en que una cultura observa otra, yendo más allá de sus posibilidades, rompiendo sus propios esquemas, retroalimentando sus propias bases costumbristas; así lo muestra Peter Burke en su obra Amsterdam y Venecia, partiendo del estudio de las élites del siglo XVII.  Sin embargo, la situación se torna crítica y preocupante cuando las prácticas culturales ajenas entran a suplantar las prácticas culturales propias.
En nuestro caso, es quizás una particularidad dentro de nuestros múltiples comportamientos el querer siempre imitar otras culturas, otras modas. No en vano dijo Jaime Garzón, alguna vez, que “en Colombia no hay colombianos” porque, desde su juiciosa observación “los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses y los pobres se creen mejicanos”[4]. El tono irónico y jocoso de esta crítica salta a la palestra y, aunque no debe tomarse en el sentido literal y estricto con el que se plantea, se debe entender que lo que quiso decir es que aún no adoptamos un estilo propio, o más bien, nos rehusamos a reconocerlo. Nos limitamos a imitar y adoptar las prácticas ajenas y, aunque reconocer lo ajeno es importante, mantener nuestra identidad frente a las ajenas es vital.
Reconocer al otro implica reconocerse a sí mismo y mantener una identidad, pues, cuando se desconoce lo demás, lo que puede llegar a ser diferente, no se puede hablar de identidad sino de unidad absoluta porque no existiría un referente para establecer comparaciones. La existencia de esos otros grupos heterogéneos implica tolerar las diferencias a modo de reconocer las relaciones identitarias ajenas y mantener las propias. La idea es establecer un intercambio cultural que estimule el sentido de pertenencia y conduzca a enriquecer la cultura propia, tolerando lo distinto. Sin embargo, es importante en este sentido tener presente hasta dónde un comportamiento hace parte de las condiciones culturales y hasta qué punto hace parte de la calidad humana[5], pues, lo que han dado en llamar la “cultura de la violencia” o la “cultura del narcotráfico”, en nuestro país, no ha de tomarse pasivamente ante el respeto por ciertas prácticas[6]. Así pues, la tolerancia y la humanidad han de ser las dos categorías a tener en cuenta a la hora de comparar sociedades distintas, relacionar comportamientos y condiciones; llegando al punto de complementarse o contraponerse, dependiendo de algunos parámetros, quizás cuestionables, que pueden dar lugar a una “cultura universal”[7].
En nuestro caso, sin embargo, pese a los grandes desconocimientos entre una región y otra, el país ha trazado ciertos paralelos tendientes a complementarse, aunque conserve una gran distancia aún. La música cobra importancia en este sentido, la cual, pese a matizar ciertas regiones, ha logrado expandirse, no sin antes transformarse. El vallenato es quizás el mejor ejemplo; oriundo del Caribe colombiano, inicialmente propio de las clases más populares y con poca acogida, ha logrado cautivar, no solo a otras clases sociales, sino también a otras culturas totalmente distintas. Adquiere relevancia este hecho en cuanto el descubrimiento  y reconocimiento  de la cultura popular en el entorno social de un pueblo logra develar y explorar “nuevos mundos”[8], llenando vacíos que, por falta de interacción, tienden a aislar a los miembros de grupos ya establecidos, logrando así aproximarse a una cohesión social y cultural. La importancia de reconocer lo ajeno cobra mayor preponderancia cuando, en una misma sociedad, sometida a las mismas reglas y compartiendo un mismo territorio, encontramos divergencias significativas en cuanto a prácticas culturales.
El caso nuestro, finalmente, sigue matizado mientras la pregunta siga en pie: ¿somos nación? Responder esta duda se limitará a diferenciar en qué aspectos sí y en qué aspectos no. Por ahora, somos un país de una gran diversidad, con múltiples prácticas culturales, diversas representaciones y multiplicidad de imaginarios que se pierden en ese infinito océano cultural, que busca una identidad por encima de todo, y que, pese a las diferencias y antilógicas, recoge ciertas relaciones expresas en algunas manifestaciones características de un colombiano.

Por: María Jimena Padilla Berrío


[1] Un historiador estadounidense que entregó su vida a estudiar los acontecimientos históricos de Colombia, porque, según su observación, este país ha permanecido en guerra toda su vida sin que se hayan producidos cambios sustanciales.
[2] Obra publicada originalmente en 1994 en la Universidad de California. Su título en inglés es: the making of modern Colombia. A nation in spite of itself.
[3] Disponible en línea: http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/927/92720205.pdf. . (s.f.). Recuperado el 28 de Abril de 2010.
[4] Garzón Forero, J. (1997). Cali: Corporación Universitaria Autónoma de Occidente.

[5] Sobre este asunto, en nuestro medio, se evidencian choques culturales que pueden tornarse intolerables. Los casos más notorios y recurrentes que tenemos son la confrontación de las prácticas de ciertas comunidades indígenas, las cuales, lejos de ser ignoradas totalmente por la sociedad en su conjunto, son cuestionables desde todo punto de vista. A este respecto, el tratamiento que se le da a los casos de abuso sexual de menores en una comunidad indígena del Cauca (situación que se vuelve cada vez más recurrente) por parte de las autoridades es discutible, pues, no se trata de vulnerar las prácticas de una comunidad, ni interferir en su autonomía, se trata de la dignidad humana, pues, atribuirle el carácter meramente cultural a prácticas que desdibujan la condición humana puede acarrear severas discusiones.
[6] Hay que ver en lo que se ha convertido la violencia en nuestro país. Podemos partir de las confesiones de los protagonistas de los grupos violentos en nuestro país para concluir el grado de sofisticación y refinamiento al que han llegado en cuanto a descuartizar, matar y desaparecer personas se refiere.
[7] Tal vez ese ideario de cultura universal se relacione de alguna manera con los llamados “Derechos Humanos Universales”, los cuales propenden por unas condiciones  mínimas de dignidad humana. Fuera de esos “mínimos” se puede entrar a comparar culturas, establecer relaciones y darle cabida a la posibilidad de compenetrarse.
[8] Sobre este asunto nos habla Peter Burke con detalle en su obra historia de la cultura popular en la Europa moderna.

viernes, 6 de mayo de 2011

¡Colombia es Pasión!

Hablar de un “nuevo escándalo” en nuestro país es un poco extraño, suena extraño. El simple hecho de ser colombianos nos obliga a asumir como “normales” cada una de las noticias que circulan a diario, noticias que en otro lugar son terribles, pero en Colombia, en el país donde todo es posible, además de que no son terribles, hacen parte de su cotidianidad. No lo pudo decir mejor Darío Arizmendi cuando se refirió a los acontecimientos del País y a la reacción que ellos representaban: “Todo lo que pasa en Colombia es grave, pero nada es serio”. Y si hablamos de otros temas, no por ello ajenos al fenómeno de nuestra capacidad de asumir todo como cotidiano, tenemos la poderosísima capacidad de ser redundantes. Si hablamos de corrupción gubernamental, por ejemplo, estamos frente a una gigantesca perogrullada, una tautología inoficiosa e innecesaria. Es como hablar de la historia guerrerista de nuestro país, ¡Vaya qué redundante! Solo tenemos que decir historia, o simplemente guerra, ¡Las dos juntas no! Sería hacer un mal uso del lenguaje.
Levantarse cada día y encontrar nuevos acontecimientos, eso sí que es estar en el Edén, díganme si eso no es vivir en el paraíso. Si no tuviésemos cosas nuevas constantemente este país sería aburrido y la rutina nos consumiría vivos; no podemos permitir que eso suceda, es más divertido encender el computador y leer las bunas nuevas que sentarse a contemplar el firmamento sin tener historias asombrosas que, de no ser porque nos toca padecerlas, creeríamos sin dudarlo que son sacadas de un libro de ciencia ficción. Y es que si los colombianos nos diéramos a la tarea de sentarnos a escribir nuestro diario vivir Suecia no tendría otra alternativa que otorgarnos vitaliciamente el Premio Nobel de Literatura, o por lo menos dejarnos fuera de concurso, vedarnos. En últimas, nuestro único Premio Nobel, que a propósito es de literatura, no hizo otra cosa que plasmar nuestras realidades, nuestra historia. Cien Años de Soledad es más un manual de nuestra historia que una novela, a juzgar por su objetividad en el relato de la masacre de las bananeras.
Los medios de comunicación de nuestro país no tienen de qué preocuparse, no tienen que salir como locos a escudriñar, a ver qué noticia encuentran por ahí, basta con estirar la mano al saco infinito de acontecimientos y pueden perfectamente tener para transmitir las “noticias” de este año y el próximo. Con uno solo de los mil escándalos basta y sobra. No necesitábamos un AIS, ya teníamos los falsos positivos, teníamos una clase política emparentada con el paramilitarismo, teníamos dos o tres narcotraficantes dando órdenes. No necesitábamos un escándalo de la magnitud de el del DAS, con la “Yidispolítica” teníamos suficiente. Pudimos evitarnos la vergüenza de los Nule, ya era suficiente con el cuento de las pirámides y la carta de felicitaciones de Uribe a “Don” David Murcia. Pero no, a nosotros nunca nos basta, pues, ante la pérdida de asombro que caracteriza al colombiano, necesitamos renovar constantemente los sucesos para ver si de cada 100 escándalos uno nos impresiona.
A mí particularmente ya no me sobresalta nada, lo único que me asusta es mi superficial mansedumbre a asumir todo como normal. Si veo una noticia de un atentado y hay 50 muertos me parece tan natural y poco importante, pues, ¡50 muertos no son nada! Y hay que ver con cuanto entusiasmo leo un libro de narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo; no arrugo las cejas ante barbaries, ni me asombro, es como si leyera una novela cualquiera que yo sé que es inventada. Ni siquiera me asombró leer una frase de uno de los Orejuela, que trae a colación Camilo Chaparro en su libro Historia del Cartel de Cali, donde deja en claro que nada de lo que nos han dicho es lo que ha sucedido: “Si yo hablara, la historia de los últimos treinta años de Colombia tendría que volverse a escribir”. A mí ya no me preocupa lo que pasa, me preocupa mi actitud ante lo que pasa, y eso es más deprimente. Soy víctima de la cotidianidad y del flagelo de la crueldad en que vive mi País.
Pero ya mi inmutabilidad no me aqueja tanto como la idea de tener que transmitirle mi frialdad a mi descendencia, pues, ante cada escándalo siempre me digo: ¡Uno más! ¿Qué les diré a mis hijos cuando escudriñemos la historia de este País? Yo por mi parte les tengo guardados muchos libros de los aconteceres colombianos y les diré, a secas, que se tratan de novelas, de historias inventadas, pues, que un asesino como Castaño se sienta orgulloso, en el libro “Mi Confesión”, de los miles de homicidios que cometió, no creo que les dé una imaginación sana y prodigiosa a mis hijos. Les contaré las historias de los falsos positivos disfrazándolas de marcianos que venían de otro mundo a querer acabar con nuestra especie; les diré que el cuento de AIS fue una versión vulgar de la historia de Robin Hood, que la historia del DAS era un guión de ladrones y policías que al final resultó ser otra versión defectuosa de “Terminator”. Para cada caso les tengo una historia, por eso, vivo pendiente a ver qué acontece para relacionar unas con otras y hacer de todas ellas una ficción, pues, mis hijos no me creerán que todo esto sucedió en verdad. Los dejaré creer que Colombia es Pasión, pues, para qué angustiarlos con cosas que no pueden solucionar. Y no me angustia la idea de que desconozcan la historia, pues, no la ignorarán, simplemente la sabrán de otra forma; les contaré estos relatos y les recalcaré que tienen moraleja de fondo. Aunque pensándolo bien… ¿Qué acaso no los tengo que enviar al colegio? ¡Me asusta que allá se enteren de lo que a mí me hubiese gustado no enterarme!

lunes, 4 de abril de 2011

Educación Vs. Desarrollo ¿Podemos hablar de lo uno sin lo otro?: Un discurso más en defensa de la universidad.

Luchar por una universidad pública, abierta, libre, plural, diversa, etc., es una bonita causa, ¿Quién se opone a ella? ¡Nadie, por supuesto! Eso podríamos creer en principio. Sin embargo, que estos entes sobrevivan en pleno Siglo XXI en un país como el nuestro es ya un milagro. El proceso de privatización de la educación viene desplegando sus tentáculos hace ya un número importante de años, y lo que se ha logrado al respecto es bastante. Se han librado infinidades de batallas entre quienes defienden su carácter público y quienes se inclinan por su peyorativo camino de la privatización, y adivinen quiénes van ganando la partida. Que una Universidad pública de la talla de la Universidad de Antioquia; la segunda mejor del país después de la Universidad Nacional de Colombia, con un puntaje de acreditación de calidad de 9 sobre 10; tenga que aportar con recursos propios el 46% del total de su financiación deja mucho qué decir. ¿Qué no era una Universidad Pública? A mí me late que con un 4% más de autofinanciación terminaría siendo universidad privada, si es que ya no la podemos considerar casi como tal. Mis detractores dirán que soy alarmista, paranoica y exagerada; el tiempo, en cambio, me dará la razón. Aunque les confieso que guardo las profundas esperanzas de que todo esto se revierta y que el tiempo no me dé la razón jamás.
La universidad pública es una extensión de la sociedad y por ello debe involucrarse con ella para buscar soluciones verdaderas y concretas a los problemas que bullen al compás de las realidades. Las dificultades que atraviesa la Universidad de Antioquia en estos momentos no son otra cosa que el reflejo de esa misma sociedad de la que hace parte. El comercio de estupefacientes (una de las tantas problemáticas que se exteriorizan) no se creó al interior de la Universidad de Antioquia y el hecho de que se presente no quiere decir que no sea importante, sin embargo, la campaña de desprestigio que se ha hecho en torno a esto deja mucho que pensar: Da la impresión como si desde el interior de esta institución se estuviesen pervirtiendo el resto de estamentos que conforman esa familia llamada sociedad. Pero no nos digamos mentiras, en un país donde una porción importante de su Congreso, de su Gobierno y demás entes estatales, están involucrados en situaciones ilícitas y escándalos de corrupción, lo menos que se puede esperar es que se presenten estas lamentables situaciones. ¿Si los padres no dan buen ejemplo qué podemos esperar de los hijos?
En torno a ese juego macabro en el que la universidad pública busca sobrevivir y el esteticismo Estatal trata de aparentar, se han aplicado infinidades de políticas encaminadas a asumir el control. El fracaso de las medidas que se han implementado en torno a estas dificultades no se ha hecho esperar. La coacción de la fuerza pública y la represión son vías de hecho desesperadas que solo buscan generar una tensa calma: Aparentar resultados satisfactorios con disposiciones triviales. ¿La solución? Yo qué sé. Es probable que el tipo de políticas que se necesiten para salir de la crisis ameriten grandes retos y ¿Por qué no? Un replanteamiento total y profundo de la actual visión del mundo. Quizás darle mayor preponderancia a la educación como esencia, a la sociedad como sistema y a la humanidad como conjunto sea una opción viable a la hora de entrar a resquebrajar las bases de las condiciones actuales. Educar es quizás la tarea más sencilla y económica, pues, una tiza cuesta muchísimo menos que una bala y los resultados, a futuro, siempre serán mejores por la vía de la enseñanza. Un pueblo educado crece, un pueblo en guerra se desvanece.
Esta sencilla realidad, en principio, es trivial. Pero nuestro mezquino país no logra comprenderla, para nuestro país la educación es un gasto, no una inversión; es un problema, no una solución. La situación se torna compleja e incómoda cuando nos encontramos frente a un país, por no llamarlo “Estado Fallido”, que tiene como objetivo el desarrollo. En este momento es cuando uno se pregunta, desde lo más profundo de su ser: ¿Desarrollo? Esta es la parte donde podríamos sentarnos, arrugar las cejas y mirar el firmamento, rascarnos la cabeza y, ¿Por qué no? ¡Angustiarnos! ¿Cómo va a alcanzar un país el desarrollo ignorando la educación? Ustedes perdonarán mi ignorancia pero es que no logro comprender cómo diablos un país avanza en la medida en que reprime su educación. Y si a esta preocupación le agregamos una frase de Simón Bolívar la confusión se acentúa mucho más: “Las Naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso que avanza su educación”. En este sentido, la educación debería ser considerada el pilar fundamental de la sociedad, en torno a ella deberían figurar temas como el crecimiento y el desarrollo, pues, es absurdo ajustar la realidad a los modelos; sería más fácil ajustar los modelos a la realidad. La tarea es grande y la misión apenas empieza, el camino es largo y los obstáculos son inmensos, eso sí.
Pero haciendo a un lado ya las utopías y, quizás, las quimeras; yo creo que se acerca la hora cero de la educación en Colombia, la hora en la cual ni la Universidad Nacional de Colombia, ni la Universidad de Antioquia podrán escapar. Me preocupa de sobremanera esta situación porque, aunque no lo crean, me preocupa mi país y me duele mi universidad, mi Alma Máter. ¿Qué es lo que perseguimos en este país entonces? ¡A mí que no me vuelvan a decir que Colombia es un país en vía de desarrollo! ¿Cuál vía de desarrollo? ¿A quién tratamos de engañar? Tiene más presentación admitir que somos un país subdesarrollado, con graves problemas internos a nivel social, problemas que tocan temas tan delicados como la violencia, la educación, la dignidad humana, entre muchos más. Creo que es hora de admitir nuestras dificultades, pues, en la medida que las ignoremos o tratemos de ocultarlas, jamás lograremos superarlas.

jueves, 17 de febrero de 2011

Donde la moral no existe el cinismo carece de límites


Está bien que este señor, el Presidente de Venezuela, de nuestro País “hermano”, Chávez, tiene unas tendencias extrañas, es un excéntrico por completo, desmedido para hablar, quizá demasiado imprudente a la hora de tomar decisiones. Es también, evidentemente, un personaje de izquierda, aunque muchas veces confunda la coherencia con el extremismo y termine por ser inconsecuente a la hora de hablar y actuar; no siempre se complementa el discurso con los hechos, es más, algunas veces las ambigüedades son gigantes. No estoy de acuerdo con el manejo del poder por tantos años, sin embargo, el que Hugo Chávez se perpetúe en el poder es problema de los venezolanos, y por muy hermanos que seamos, ese asunto es netamente de ellos. La cuestión que en realidad nos debe interesar, como colombianos es ¿Protege a las FARC? Según muchas “evidencias”, sí, según muchas irregularidades que se ven en los procesos, no; según la duda, quizás, simplemente quizás. Pero ¿Cuáles son esas evidencias? La verdad es que yo jamás tendré argumentos para decir qué tan ciertas son, tampoco los tendré para decir qué tan falsas son; el único argumento que me queda al respecto es una nimia pregunta: ¿Qué acaso todo el que discrepó con el reinado de Uribe I no era colaborador de las FARC? Esto sin ánimo de eximir a nadie de culpas y sin ánimo de imponérsela a otros pues nada soy para pretender tener la verdad y no tengo evidencias para rebatirla.
El Monarca que tuvo Colombia entre el 2002 y el 2010, Uribe I, promovió una política cuyo único objetivo era erradicar a “los bandidos de las FARC” y vaya que por poco los erradica, sólo faltó lanzar bombas atómicas, después de todo hubiera sido válido, todo con tal de erradicar esa mafia, esa peste, ese mal social, político y hasta ambiental, pues, por si no se habían dado cuenta, las FARC son el ÚNICO PROBLEMA POR EXCELENCIA que azota a Colombia, un país de nadie. Su discurso de reconciliación fue tan efectivo que terminamos peleados con todo el vecindario, de repente éramos el niño “feo” del recreo con el que nadie se quiere juntar, al que nadie le quería hablar. Su Gobierno, evidentemente, fue intachable: Los colombianos pudimos volver a andar por las carreteras, pero eso sí, mucho cuidado a la hora de andar en la ciudad; nuestros periodistas y sindicales tuvieron todas las garantías, simplemente eran espiados y perseguidos; nuestro mayor orgullo era el Ejército Nacional, ellos solamente matan campesinos, violan niños y masacran animales. Muchas otras cosas cambiaron para bien, en el mismo sentido que lo hicieron las que acabo de mencionar. Y ni hablar de la economía, de la inflación, de la institucionalidad, eso ya no es problema en un país como el nuestro, no vale la pena mencionarlo.
Los ministros y funcionarios públicos que pasaron por su Gobierno son personas respetables, iguales a él, son gente de bien y trabajan en pro de un mejor País, eso no se duda; algunos en su desespero por un mejor País firmaron acuerdos como “el pacto de Birmania”, mejor conocido como “el pacto de Ralito”, para cambiar el País ¡Y vaya que lo cambiaron! Otros se dedicaron a exterminar cualquier vestigio de los “bandidos” y “terroristas” de las FARC que “tanto daño le hacen al País”, cabe aclarar que el 99.99% de los campesinos de Colombia son miembros de las FARC porque casi los acaban. Y ni hablar de aquellos que se vuelven la sombra de su jefe, aquél príncipe que planea heredar el Trono pero termina desplazado por un hijo “bastardo” de su papi con el que no contaba. Ah, ése fue el que más trabajó para el desarrollo del País. Por fin alguien que se dignó a hacer la quimérica Reforma Agraria, es que “Uribito” fue el mejor, él era el elegido, si hubiese heredado el Trono se hubiera convertido en Uribe II. Pero como nuestro mediocre País no gusta de campesinos le cobraron la ayuda que éste les brindó en su paso por la caverna agraria.
Andrés Felipe Arias, Uribito, “El Pincher”, de cariño “Mini mí” salió a darse golpes de pecho defendiendo, con un discurso bastante desgastado, la dignidad de un País que en toda su historia aún no sabe qué es tal cosa, qué es la dignidad. Quién lo ve con su corbata, su peinado de político barato y su traje de “dotor” lanzando diatribas contra todo lo que se atraviese, hablando de desquiciado, tirano y dictador; hablando de paz, de la penalización de las drogas y esas cosas de las que él mismo no tiene ni idea. Cuánta infamia y desvergüenza posee este señor, cuanto cinismo junto envuelto en tan inofensiva mirada, ¿Dónde fabricarán la vergüenza para donarle un poco a este señor? Es que refugiar a las FARC definitivamente es más vergonzoso que robarse, de frente, el erario público, es más abyecto que quitarle a los campesinos y al campo las oportunidades, es, de lejos, más degradante que hacerle modestas donaciones a los más pudientes, pues no es suficiente robarse el erario y quitarle a los desvalidos.
Señor Arias, me surge una inquietud, a propósito de su comentario: ¿Qué pasa si somos los nuevos mejores amiguitos de Venezuela? ¿Le incomoda mucho que mantengamos una relación amistosa, cordial, así sea de fachada? Me imagino que prefiere ver a su País enfrentando una estúpida guerra donde al pueblo, sin convocar a guerra, es al que le toca acudir. El pueblo es el que tiene que salir a poner el pecho por los caprichos de sus gobernantes. Supongo que estamos mejor protagonizando una costosa y sanguinaria guerra, la cual casi se logra gracias a nuestro antiguo Monarca, y de haber sido el sucesor me imagino que ya estaríamos en Guerra, comprando costosísimos Tanques y armas.
No siendo más, algo para recordar ya que a la humanidad parecer habérsele olvidado:
Dignidad: Según la RAE, Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Cargo o empleo HONORÍFICO y de autoridad.
Vergüenza: Según la RAE, Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ingrid Betancourt: La historia de una decepción.

En una entrevista concedida por Ingrid Betancourt al Diario Argentino “La Nación”, el 11 de Noviembre de 2010, mientras promociona su libro en  ese país, dijo sobre Colombia: "Sinceramente, a mí me trataron como una criminal. Ni siquiera como a una criminal, porque a Pablo Escobar no lo trataron como a mí".
Recuerdo un 7 de Diciembre del 2007. Se inauguraron los alumbrados navideños en la ciudad de Medellín. La apertura iba atada al desfile de “Mitos y Leyendas” en la avenida “La Playa”. Yo estaba exactamente ubicada en toda la “Oriental” con “La Playa”, acompañada de unos amigos, esperando que comenzara el desfile. La apertura se dio de una manera un poco inusual. No era propiamente un ambiente de fiesta, aunque lo que siguiera después sí. Recuerdo que el Alcalde de turno, Sergio Fajardo, desfiló por donde debería pasar la caravana; acompañado de pancartas gigantes y una foto, tamaño más que familiar, de Ingrid Betancourt. Hacía poco tiempo se había conocido una imagen de ella en un estado deprimente. La imagen había logrado conmover al país entero, al mundo también. La marcha duró lo suficiente como para que todos los que estábamos ahí reflexionáramos un poco sobre la situación de Ingrid.
Una mujer sentada, rodeada de su propia angustia, ultrajada por su propio dolor, con la mirada perdida y su dignidad atravesada por la tragedia del secuestro; esa era exactamente la imagen que le daba la vuelta al mundo, y era exactamente la imagen con la que se daba la apertura de los famosos alumbrados de Medellín. Logré conmoverme, me dolía aquella imagen cada que la veía. No era la primera vez que se posaba sobre mi vista por supuesto, ese había sido nuestro logo desde que salió a la luz pública. Y es que ya había transcurrido casi cinco años desde que Ingrid estaba en la selva. Y, para terminar de ajustar, las noticias solo hablaban de ella, como si no hubiese más secuestrados en el país. Pero bueno, digamos que esa propaganda hizo eco en el interior de las personas que rechazamos y repudiamos estas conductas. De cierta forma olvidamos a los demás secuestrados para guardarle la gloria a Ingrid Betancourt, una mujer que salió un 23 de febrero de 2002 hacia San Vicente del Caguán y no volvió hasta muchos años después.
Alrededor del secuestro de este personaje se han expuesto varias versiones; la teoría más fuerte dice que ella se entregó a las FARC; aunque no fue tan del todo así. Digamos que hubo una indisposición de parte de quienes debían garantizar su seguridad ese día, quizás por pulso de poderes o por simple sabotaje de su campaña hacia la Presidencia, quién sabe. Es cierto que a última hora cambiaron su plan de seguridad, y también es cierto que ante el inminente cambio ella quedó desprotegida. Sin embargo, ella pudo haber agachado la cabeza y como buena política salir a acusar ante los medios de comunicación este hecho. Pero no lo hizo, y eso fue admirable de su parte. En vez de eso tomó carretera y se dirigió al destino que había prometido llegar pues había empeñado su palabra y no podía faltar. Fue en este trayecto terrestre que un retén de las FARC interceptó a Ingrid y la secuestró. Pero pudo ser menos dramática la cosa, es cierto, si tal vez Ingrid hubiese medido más las consecuencias. Viéndolo ahora en retrospectiva se pueden sacar varias conclusiones: 1. Ella pensó que de verdad las FARC no le harían nada por ser ella; 2. Su orgullo no le daba para admitir que el plan ya no era viable o 3. Quería jugar con Andrés Pastrana a ver quién era más poderoso. En cualquiera de los casos, había palabra de por medio y se trataba, en el fondo, de dignidad. ¿La culpa? De ambas partes quizá. Del Gobierno por no brindarle la protección necesaria, y de ella por no admitir que era de verdad peligrosa esa empresa en las condiciones que se encontraba a última hora.
Desde entonces, desde el 23 de febrero del 2002 supimos que teníamos nuevos rehenes. Por esa época las FARC se dedicaron a secuestrar políticos (Ingrid y Clara no fueron las únicas), esto como respuesta al rompimiento de los “diálogos de paz”; diálogos que fueron un fracaso desde el primer día. Y empezó a correr el tiempo…. Teníamos vagas noticias de vez en cuando. En los últimos dos años de su cautiverio, más o menos, hubo mucho movimiento. Francia comenzó a gestionar con más ahínco la liberación. Pasaron muchas cosas hasta que por fin llegó el glorioso 2 de julio de 2008.
“¡Liberaron a Ingrid!” Fue lo primero que escuché. De inmediato corrí al televisor a ver cómo había sido ese suceso. Me di cuenta que no era solo Ingrid, la acompañaban 14 personas más; pero todo el mundo hablaba solo de Ingrid. Recuerdo que las cadenas de televisión congelaron su transmisión en aquella escena. No había imágenes concretas aún, solo se mostraba al entonces Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, a la mamá de Ingrid, a unos militares y una desoladora pista de aterrizaje. Las voces de los locutores no podían ser menos entusiastas; hablaban una y otra vez de la liberación de Ingrid y aún no se conocían muy bien los detalles de “La Operación Jaque”, pero con la poca información que circulaba era suficiente. El país entero estaba paralizado a la espera de la imagen de Ingrid. Se sabía que había otras personas. De vez en cuando mentaban a tres “gringos” y once uniformados. Pero definitivamente el papel protagónico era de Ingrid Betancourt.
Y llegó el tan anhelado y soñado momento… Ingrid apareció, bajó del avión con un semblante de quien nace y es consciente de ello, como quién murió y resucitó. Más o menos ése era el aspecto. El país entero estaba absorto en aquélla imagen “¡Se terminó esta tortura!”, escuché. Abrazó a su madre, le dio una palmadita en la mejilla a Juan Carlos Lecompte, su esposo (Una bofetada como diría él mismo más tarde), se abrió paso entre el bullicio y comenzó con un: “Acompáñenme primero a darle gracias a Dios”. Me conmovió, lo admito. Sé que más de uno lloró ante aquella escena, sé que más de uno le dio gracias a Dios junto con ella, sé que más de uno compartía su emoción y su alegría. Se veía como una mujer humilde, arrollada por la vida pero vencedora a fin de cuentas, de largas batallas y de una fe infranqueable. Irradiaba humildad en su forma de hablar y en sus palabras conmovedoras. ¡Estaba en la cima! Es lo único que puedo decir al respecto.
Pasó el resto de la tarde, llegó la noche, llegó el día siguiente y de lo único que seguían hablando todos era de Ingrid. Al otro día nos sorprendió otra imagen conmovedora con la que más de uno volvió a llorar: El reencuentro con sus hijos. Tengo que admitir que realmente fue conmovedor. Visitó la tumba de su padre, no paró de hablar de su travesía y se embarcó en un avión con destino a Francia. Era apenas entendible; alzó vuelo con sus hijos, se alejaba de un lugar donde no la había pasado muy bien los últimos años. Hasta ahí todo estaba en orden, o casi todo. Comenzó, desde entonces, a palpar la gloria. Por todos lados aparecía como una mártir, casi era una heroína. Bastó con que apareciera exaltada en el mundo entero para que su humildad se desvaneciera y omitiera, en adelante, todo lo que tenía algo que ver con el pudor humano.
Comenzó a desfilar por la “alfombra roja”. Definitivamente ahora sí estaba en la cima. Acá en el Tercer Mundo, en cambio, surgían preguntas de vez en cuando como: ¿Volverá Ingrid a la arena política? Algunos desocupados incluso se tomaban el trabajo de incluirla en las encuestas y contaba con un respaldo decente. Pero el tiempo transcurría y la sensación que quedaba era de olvido y abandono total. No se le reprocha por no volver, a fin de cuentas estaba en todo su derecho si no quería, nadie puede juzgarla por eso; razones de sobra tendría para quedarse con sus hijos y con la tranquilidad que le ofrece Francia, eso es entendible. Sin embargo, déjeme decirle que se pasó de la raya el día que volvió al país solo por intereses económicos, detrás del pobre erario de este país, porque a última hora no alcanza sino para lo mismo que alcanzaba hace 300, 200, 100 años: Para sostener una Burocracia y un Ejército. Usted omitió con su gesto, válido quizás, a todos los colombianos que nos entristecimos con su secuestro y nos alegramos con su liberación. Omitió el deplorable estado fiscal de nuestro país y las apremiantes necesidades de sus habitantes solo por abrirle paso a su ambición, a su necesidad, a su derecho, a su dignidad, yo que sé. Si su objetivo era vengarse por lo que el Gobierno le hizo en ese entonces, déjeme decirle señora Betancourt que el mal no se lo hace a Andrés Pastrana, mucho menos a las FARC, usted se está vengando de todo un pueblo que de verdad se alegró con su regreso y de verdad lloró su angustia.
Pero hagamos el recuento completo… Primero viene y se digna a pisar suelo colombiano dizque para conmemorar los dos años de su liberación, luego interpone una “conciliación” y finalmente dice que la módica suma de 15000 millones de pesos que pedía eran simbólicos. ¿Quién nos cree? Está bien que usted vive en el Primer Mundo y que acá somos unos pobres indios ignorantes, hasta brutos, pero cualquier indio ignorante y bruto sabe que 15000 millones no es simbolismo. Ahora se dedica a recorrer el mundo, le da gracias al papa por su liberación (Se le olvidó empezar por darle las gracias a quienes de verdad lucharon por su libertad; pero tranquila, esos pequeños detalles los omite cualquiera, yo sé que no fue intencional), pretende llegar a ser Premio Nobel de la Paz por simplemente haber estado secuestrada, porque a la hora de la verdad nada ha gestionado (y no la culpo, no es su obligación velar por los demás secuestrados, eso es cierto. Ya tuvo suficiente con su propio cautiverio, y es respetable su posición). Pero todo eso es pasado y ya lo superamos. Lo que no podemos superar aún son sus giras mundiales en las que se dedica a recorrer el mundo, en son de mártir, promocionando su libro (No hay silencio que no termine) y a donde quiera que llega deja por sentado que en Colombia la tratamos “peor que a una criminal”. Pero espere un momento ¡Pare ya de hacerse la mártir! El caso no es que se le haya tratado precisamente como una criminal, lo que pasa es que usted se ofendió porque no la tratamos como a Dios… Ya lo dijo el mismo Lecompte, con respecto a su proceso de divorcio: “A veces creo que me estoy divorciando de Dios”. ¿Usted de verdad cree que su imagen de mártir es eterna, intachable e infranqueable? Yo no lo creo… ¿Y qué esperabas Ingrid?

viernes, 29 de octubre de 2010

A la memoria de alguien grande…



¿Por qué tenemos la mala costumbre de matar a la gente y luego inmortalizarla? ¿Qué acaso no sería más útil dejar que cada uno de esos inmortales se desarrollen por sí mismos y lleguen hasta donde su condición los deje? A menudo ponemos todo nuestro empeño para que muchos de esos personajes que ahora tenemos bajo una escultura vuelvan a hablar, expongan una vez más sus ideas, y así quizás, dejarlos ir en paz. Sin embargo, ocurre que los monumentos no hablan, ni exponen ideas, simplemente se dedican a recordarnos una fecha y el nombre de un personaje, y con el tiempo, esa memoria colectiva se va perdiendo. Esto sucede con frecuencia en nuestro medio, y el problema en últimas no es la falta de memoria ¡No! El problema es que tenemos tantos mártires a quienes hacerle estatuas que ya no tenemos espacios físicos para colocarlos, mucho menos espacios mentales para albergarlos a todos.
Algunas veces me pregunto si algún día, toda esta barbarie parará, si realmente el sacrificio de quienes representan esas estatuas valió la pena, si en verdad aportaron algo como seres vivos, que alguna vez fueron, o si más bien se convierten en un fantasma más de nuestro medio. La respuesta es compleja, un tanto subjetiva, pero no por ello insignificante. Lo más frustrante de todo no es convivir con esos fantasmas, o con esas ideas, lo más frustrante de todo es convivir con la impunidad, eso sí que genera una mezcla de sentimientos extraños, quizás en algunos sea tristeza, en otros, rabia, algunos quizás se sientan impotentes, y otros puede que sean indiferentes; lo que sí es cierto es que nunca sabremos en qué forma pudo haber cambiado el curso de nuestra realidad, cómo se hubiera escrito la historia ni cuál habría sido el fin de esos personajes. Ese trabajo se le deja a la imaginación.
Las balas en este país han cambiado, en muchísimas ocasiones, el curso de nuestra historia. No estoy diciendo que fuéramos mejores, quizás hubiéramos llegado a un estado más deplorable que el que ostentamos hoy día, quizás estuviéramos en la misma situación o es posible que un poco mejor, lo que sí sé, es que esos personajes que sepultamos físicamente, y a los que la memoria también busca sepultar, tenían muchísimo potencial, demasiadas ideas como para transformar nuestra realidad. Si Gaitán hubiese llegado a la Presidencia, quizás, muchos grupos insurgentes, hijos de los años 60 y 70, no hubiesen surgido jamás. Si Galán hubiese sido Presidente, ahí si quién sabe qué hubiera ocurrido porque le tocaba enfrentarse a un personaje nada insignificante de su tiempo –Pablo Escobar–, pero otro cuento hubiera sido. Si la UP no hubiese sido exterminada ¿Qué habría ocurrido? Por lo menos nos hubiéramos ahorrado la vergüenza mundial de ser unos animales que exterminan un partido político por completo. Si a Jaime Garzón  no lo hubiesen alcanzado las balas de… ¿Qué haría ahora?
Para muchos, reflexiones ociosas, para otros, necesarias. Colombia se convirtió en un país donde se albergan, básicamente, dos tipos de personas: Los intolerantes y el resto. A estas alturas es imposible separar narcotráfico, política, paramilitarismo y guerrilla. La pobreza espiritual que rodea nuestro entorno nos hace ser seres huecos incapaces de soportar críticas, incapaces de hacer las cosas bien, incapaces de serles fiel a unos mínimos principios y capaces de ponerle precio a algo que nadie nunca se hubiera imaginado que puede comprarse: las ideas. Creo que nuestra humanidad ha llegado al punto más bajo de su decadencia, que por más intentos que demos unos cuantos por ponernos en pie, siempre habrá una fuerza mucho mayor que nos logra doblegar, y ojo que no es pesimismo, es la dura y cruda y realidad.
Es posible que no sepamos jamás quién dio la orden, porqué exactamente, es posible que nunca lo sepamos, pero debemos mantener en alto las banderas de quienes arriesgaron alguna vez algo tan exclusivo e importante como su existencia, de quienes de verdad tenían principios que valían mucho más que la vida y de quienes alguna vez soñaron y jamás le pusieron precio a las ideas. Es importante que conservemos intactos y llevemos con cada uno de nosotros cada una de las reflexiones y el legado que nos dejaron muchos de esos personajes, es fundamental que dejemos la mala costumbre de matar las ideas y poner a vivir un pedazo de cemento, es conveniente deshacernos del olvido y no cometer la torpeza de omitir para seguir viviendo. Es apenas justo recoger las enseñanzas e impartirlas como si se tratase de sus autores, como hacerle frente al olvido.
Jaime Eduardo Garzón Forero, uno de los tantos que merece, por lo menos, la memoria, uno de los tantos que merece justicia, reparación ¿Qué clase de reparación? y revivir. Imposible de creer que hasta la risa tenga cabida en un cementerio, inconcebible que el humor y la inteligencia sean el banquete de los gusanos, inadmisible que el deseo de construir un mundo del tamaño de los sueños se convierta en una utopía en un entorno donde casi todo es posible. Absurdo es el sacrificio de alguien que puso el pecho por… un país que no merece otra cosa que el repudio, un país que no es digno de tales sacrificios, un país sin memoria, un país donde dudo que alguna vez se pueda llamar dignamente país. Jaime, si después de la muerte hay vida, si después de la muerte es posible mantener las ideas y si es permitido cuestionarse; espero que allá, donde quiera que estés, se respeten las ideas, espero que nos odies demasiado y espero encontrarte algún día; gracias por tu legado, infinitamente gracias por tus ideas, gracias por tu valentía, y sobre todo, gracias por enseñarnos que por los sueños se lucha, cueste lo que cueste.
Lejos de ser el payaso que todo el mundo sigue creyendo que fuiste, lejos de ser el colaborador de grupos ilegales que todo el mundo cree que fuiste, lejos de ser aquel impertinente que los intolerantes creen que fuiste; solo me resta decirte gracias Jaime, fuiste y serás siempre grande, por lo menos para mí, aunque no te sirva de mucho ya. Descansa en paz, si es que puedes…